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El Adoquín Times

En la piel de mis ancestros: En tierra de Laguerre

En la piel de mis ancestros: En tierra de Laguerre
abril 15
16:52 2018

Por: Nomar Stefans

Imagen: Fundación Nacional para la Cultura Popular

Si Enrique Laguerre viviera, adaptaría nuevamente “La llamarada” y “La resaca” y quizás otras de sus novelas para retratar las condiciones actuales de la clase trabajadora y “dramatizar los episodios de la vida de Puerto Rico”, como una vez dijo.

En las coloridas plazas, en los pequeñitos cafetines de cada pueblo y en uno que otro bocado de un plato típico de alguna casa criolla, podemos palpar la autenticidad de la tierra que nos ha visto nacer. Es irse al suelo, cavar un pequeño hueco, unificar el oído a la tierra y escuchar, quizás, aquellas melodías que con pasión entonaban nuestros indios. ¡Ahí están! Eso aún anda en nuestras raíces. Suena y resuena… Si lográramos entender desde el alma que la hermandad de las razas y la unión de las culturas son capaces de levantar naciones, estaríamos aptos para ascender y trascender como nación.

Hoy nos seduce abruptamente un mundo “moderno”, fugaz, algo vacío, carente de sensibilidad y amor. Así, pues, hay un vaivén que danza con nosotros y nos dicta un compás que se pierde entre nuestros pies. El mambo es diferente y confuso, tanto así que Díaz Alfaro, Negrón Muñoz y De Burgos podrían estallar en letras, iras y sentimientos, y servir de impulso hasta convertirse en nuestras brújulas. ¡Cuánto vacío existe! Nos urge invocarles, pues en sus letras encontraremos una absoluta identidad, esa que tanto se ha esfumado o que incluso han contaminado con claras intenciones.

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Hagamos un nuevo suceso, vayamos a eso que nos dio aliento, orgullo, norte y luz. Abramos libros, invoquemos los gloriosos nombres de estos escritores que derrocharon letras y pasiones para obtener nuevamente un nuevo soplo de vida. Regresemos a los puertos de nuestras comunidades y desde ahí planteemos algo nuevo. Volvamos a esa cristalina felicidad, esa que de niños se saltaba con tan solo probar un dulce.

Precisamente eso han logrado nuestros escritores: endulzar y esperanzar, ir a las entrañas de la simpleza de la gente y catapultar esos instantes que hoy son parte de nuestra piel. Con la intención de escudriñar al Puerto Rico de hoy, a su gente, sus alegrías, sus tristezas, sus obreros y sus ansias, es ideal conectar con un majestuoso novelista, dramaturgo, periodista, maestro y fiel amigo de Borinquen. Me adentro en la piel de Enrique Laguerre.

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“Estoy aquí, inmerso en un seductor palmar. Las aves me saludan con su cántico y miro el sol a lo lejos. Brillaba intensamente. En la lejanía veo a un hombre. Lo rodean dos camiones pequeños, algunos dos barriles abastecidos de agua y muchos sacos vacíos. Con sus manos, toma un coco primero y otro después, antes de usar su machete rabioso para sacarle el tesoro. Decido colocarme debajo de la palma más frondosa para que su sombra me permita admirar el trabajo que él hacía. De pronto, se le acercan dos niños, a los que abraza con gran ternura y felicidad. A ellos les entrega sendos pedazos de coco, y les dice: ‘Coman coco que es para los locos’”.

“Los niños se alejan corriendo con sus trozos de coco, mientras mi amigo cocotero continúa con sus manos labrando, posiblemente, el futuro de esos dos pequeñines que parecían ser sus hijos.  Siento que debo acercarme a él, mas decido admirar su trabajo desde la distancia y el silencio. Me emociono. Ver y sentir a este hombre humilde, me hace pensar en la sencillez del querer y la grandeza del hacer”.

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“Siento que aún queda tanto por forjar… queda mucho por escribir. He aprendido del obrero sencillo, esos que, sol saliente, salen a la calle sin pretensión al fracaso, amarrados a la satisfacción de hacer para tener. Es ese el obrero puertorriqueño que con mis letras defiendo, exalto y represento, porque de ellos hemos de aprender a levantar al país desde la trinchera que nos toque. Los gobernantes de Puerto Rico han soterrado el baluarte más valioso con el que nos hicimos grandes y hombres y mujeres de bien. Tabaco y café, azúcar y aguja, viandas y frutas… he aquí la riqueza que se escapó y que hoy sería parte de una prometedora fortuna”.

“Aprendamos todos de la humildad y grandeza de todos y cada uno de los obreros que levantan nuestro presente y que nos recuerdan desde el anonimato que Puerto Rico nos pertenece. Orgullo siento de haber enaltecido su valía con mis letras y haber defendido su sudor, ese que ha calado en nuestras raíces. ¡Bendito, bendito, bendito obrero! ¡Que resplandezcan tus manos en esta tierra que por siempre será por ti! ¡Bendito obrero!

Tu fiel defensor, Enrique Laguerre

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