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Academia

Doña Ana: la mujer de muchos nombres y etapas

Por 9 min lectura
Doña Ana

Doña Ana G. Méndez se destaca como una de las figuras femeninas más influyentes del siglo XX en Puerto Rico, una líder cuya labor transformó el acceso y el concepto de la educación en la Isla. Su trayectoria es el tema del libro Ana G. Méndez: pionera en el cambio educativo 1941-1974 (Publicaciones Gaviota, 2020), producto de la investigación doctoral de Zoedymarie Sánchez Sánchez en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

Precisamente en esta institución universitaria, durante una actividad literaria, El Adoquín se encontró con Sánchez Sánchez. Más allá de hablar de la fundadora de lo que hoy se conoce como la Universidad Ana G. Méndez, la autora del estudio sitúa a Méndez en su contexto histórico, explorando su niñez, su entorno social y las experiencias que moldearon su carácter y misión. La obra, dividida en cuatro capítulos, examina los momentos clave de su vida y el desarrollo de su obra educativa desde 1941 hasta 1974.

Doña Ana: la mujer de muchos nombres y etapas

La investigación presenta las distintas facetas de su vida: la mujer y la hija (Ana Amalia González Cofresí); la esposa y madre (Ana González de Méndez); la administradora y pionera educativa (Ana G. Méndez); y la figura querida y respetada por muchos (Doña Ana), destacando además su firme convicción ante los retos que le impuso la sociedad a lo largo del tiempo.

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Para comprender la figura de Ana G. Méndez, Sánchez Sánchez insiste en mirarla desde su humanidad y sus transformaciones. “Me gusta destacar a Doña Ana, su aportación, que es lo que la define”, explica. Aunque el país la reconoce como Ana G. Méndez, ese nombre no la acompañó desde el inicio; más bien, fue resultado de una vida que ella misma dividió en etapas claramente marcadas.

Su primera identidad fue la de hija y alumna. Al nacer, sus padres la nombraron Ana Amalia González Cofresí, y su crianza transcurrió “a base de la mujer de los muchos nombres”, vinculada a los roles familiares y a una escolaridad elemental propia de las primeras décadas del siglo XX, cuando la enseñanza básica abarco solo los primeros ocho grados.

Con apenas 16 años, sus padres firmaron la autorización necesaria para que pudiera contraer matrimonio civil siendo menor de edad. A partir de ese momento adoptó otro nombre, el de Ana González de Méndez, etapa en la que se convirtió en esposa y madre. De este matrimonio nacieron Dora, Lora —a quien perdió siendo bebé— y Grecia. En 1935 nació su hijo José, quien falleció en 2019.

“Doña Ana G Méndez utilizó sus experiencias de vida para ofrecer diversas oportunidades académicas y alcanzar éxito laboral anhelado” – Zoedymarie Sánchez Sánchez

La muerte de Lora marcó profundamente la vida de Doña Ana. Cada vez que ayudaba a un estudiante con dificultades económicas, lo hacía evocando a su hija ausente: “yo te ayudo a ti, como yo pude haber ayudado a Lora”. Incluso incluyó a la niña en su testamento mediante una partida destinada a apoyar a jóvenes sin recursos. Para ella, mantener vivo el nombre de Lora era un acto de amor y memoria.

Ya madre de tres hijas, regresó a estudiar a los 20 años. Se matriculó en la Central High de Santurce, en horario nocturno, porque “nunca fue una estudiante regular”. Su trayectoria educativa no siguió las secuencias tradicionales: estudió siendo adulta, casada y madre, siempre en programas nocturnos. Más adelante completó un bachillerato en Educación Comercial en la Universidad de Puerto Rico, también en horario nocturno, terminándolo en 1939.

Doña Ana: la mujer de muchos nombres y etapas
Zoedymarie Sánchez Sánchez, autora del libro. Foto por M. Rúa

En junio de 1940, Ana G. Méndez solicitó empleo en el Departamento de Instrucción Pública (hoy, Departamento de Educación), lugar donde ejerció como maestra entre agosto y diciembre de ese mismo año. Enseñó español comercial y taquigrafía, pero solo durante un semestre. Por eso, la autora señala una distinción importante: “por eso no estoy de acuerdo cuando se le dice educadora. Tú le llamas educadora a una persona que lleva tiempo y tiene experiencia”. La labor principal de Doña Ana no fue la docencia, sino la administración educativa, campo desde el cual hizo sus mayores aportaciones.

“Yo escribo a base de los documentos que encontré, no en la idealización del personaje”, señaló la investigadora, subrayando que la verdadera grandeza de Doña Ana surge de entenderla tal como vivió: en constante transformación, con múltiples nombres, y movida por un profundo sentido de responsabilidad hacia la educación y la juventud puertorriqueña.

La etapa dorada de Doña Ana: visión, expansión y aportación al país

La década de 1960 representó la época dorada de Doña Ana G. Méndez, un periodo en el que —como señalaba la investigadora— “era como el príncipe que todo lo que tocaba se convertía en oro”. Fue una etapa marcada por su capacidad de leer las necesidades del país y actuar en consecuencia.

Durante esos años, Puerto Rico experimentaba una transformación acelerada: llegaban nuevas fábricas estadounidenses, se expandía la industrialización y aumentaba la demanda por formación técnica. Atenta a ese contexto, Doña Ana fundó el Puerto Rico Junior College, respondiendo a la creciente necesidad de cursos vocacionales y carreras técnicas. Su estilo de liderazgo se basaba en identificar vacíos y crear instituciones para atenderlos. “Doña Ana se movía a base de la necesidad: fundaba e instituía”, explicó la autora.

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Esa visión la llevó posteriormente a un paso mayor: la creación del Colegio Universitario del Turabo. Este proyecto no surgió como parte de un plan inicial, sino como una evolución natural del sistema que ya había comenzado a construir. En Turabo, Doña Ana expandió la oferta académica de programas de dos años hacia carreras profesionales de cuatro y cinco años. Ese impulso hacia la profesionalización de los procesos académicos se convirtió en su logro más preciado. En Gurabo comenzó a ofrecer bachilleratos, sentando las bases de lo que más tarde sería una de las instituciones universitarias más influyentes del país.

Una mujer que entendió a los estudiantes no tradicionales

Parte de su visión educativa provino de su propia experiencia. Doña Ana “nunca fue una estudiante tradicional”. Mientras dirigía instituciones y mantenía su vida familiar en Puerto Rico, cursó una maestría en el estado de Nueva York. Viajaba durante los veranos y estudiaba como podía, adaptando su vida profesional y personal a sus estudios. Su trayectoria la hizo comprender que había personas en situaciones similares, por lo que se propuso crear alternativas flexibles para que otros no enfrentaran las mismas limitaciones. Su misión era abrir caminos. “Doña Ana G Méndez utilizó sus experiencias de vida para ofrecer diversas oportunidades académicas y alcanzar éxito laboral anhelado”, añadió.

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Ana G. Méndez conversando con el gobernador Roberto Sánchez Vilella y su esposa. 1968. Colección de Fotos del Periódico El Mundo. Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

El matrimonio, el apoyo y la construcción de un proyecto de vida

Un aspecto menos conocido de la vida de Doña Ana se aprecia en una fotografía donde aparece montada a caballo. Esa imagen recoge sus intentos iniciales por adaptarse a los intereses de su esposo, José Méndez Rivera, once años mayor que ella. José era un pequeño comerciante apasionado por el hipódromo, y durante los primeros años del matrimonio ella lo acompañaba con frecuencia. “Da la casualidad de que muchos de sus caballos ganaban, y Doña Ana ganaba”, recuerda la autora, quien compartió la foto para ilustrar esa etapa de su vida.

Doña Ana: la mujer de muchos nombres y etapas
Ana G. Méndez y José Méndez Rivera que aparece en el libro. Archivo privado de Doña Grecia Méndez de Díaz Bonet en Museo de Doña Ana G. Méndez en la UAGM de Gurabo.

Con el tiempo, la dinámica de la relación transformó el hogar en uno de carácter matriarcal. Aun así, José Méndez desempeñó un rol esencial: aportó económicamente en los comienzos y nunca fue un obstáculo para que su esposa desarrollara su proyecto educativo. Su preferencia por mantenerse fuera del foco público hizo que, en la mayoría de las actividades, fuera su hijo José quien acompañara a Doña Ana. Con los años, la responsabilidad económica del hogar recayó enteramente en ella, quien asumió esa “batuta” con la misma determinación con la que construyó las instituciones que marcaron su legado.

A finales de la década de 1940, comenzó a firmar como Ana G. Méndez, abreviando su nombre para facilitar el acercamiento con las personas. Según recordaba la autora, ese gesto respondía al deseo de Doña Ana de mantener siempre una relación cercana con la comunidad. Desde entonces, su misión fue clara: aportar una educación vanguardista que respondiera a las necesidades reales de Puerto Rico.

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La vigencia de Ana G. Méndez…

En pleno 2025, el pensamiento educativo de Ana G. Méndez continúa siendo tan pertinente como cuando impulsó los grandes proyectos que transformaron la educación superior en Puerto Rico. Según explica Sánchez Sánchez, “Doña Ana siempre criticaba la falta de un estilo realmente vanguardista en la educación puertorriqueña”, una observación que hoy resuena con fuerza ante el avance acelerado de la Inteligencia Artificial (IA) en los salones de clase.

La autora enfatiza que Méndez no se limitaba a teorizar: “Ella decía lo mismo que ejecutaba. Su aporte surgía de identificar qué necesitaba el país en ese momento”. Ese principio definió la creación de programas técnicos, vocacionales y luego universitarios cuando las transformaciones socioeconómicas del país así lo exigían.

Ante una generación que utiliza herramientas digitales para redactar ensayos, resolver ejercicios o preparar presentaciones en segundos, la pregunta que surge es inevitable: ¿cómo aseguramos que el estudiante realmente aprenda? La autora del libro lo formula de manera directa: “Ella siempre instaba a estar al tanto de las necesidades sociales y a no tener miedo de cambiar la enseñanza. Eso es lo que toca hacer ahora”. En otras palabras, prohibir la tecnología no es la respuesta; adaptar la educación, sí.

La IA no elimina la necesidad de aprender; redefine cómo se aprende. Por eso, la enseñanza debe moverse hacia experiencias que fomenten la comprensión lectora, la interpretación, la investigación y el pensamiento crítico. Sánchez Sánchez insiste: “Si seguimos pidiendo las mismas tareas de hace veinte años, el estudiante no aprende nada. Y Ana G. Méndez no hubiese permitido eso”.

Esto exige cambiar las tareas tradicionales por ejercicios activos: debates, proyectos de análisis, estudios de caso, presentaciones argumentativas y actividades donde el estudiante deba demostrar lo que entendió, más allá de lo que una herramienta genere. Porque, como señala la autora, “los estudiantes de hoy van a ser los profesionales de mañana. Si los dejamos depender ciegamente de la IA, entrarán al mundo laboral sin saber nada”.

La transformación también recae sobre las universidades. La autora subraya que “la administración debe actualizar sílabos, currículos y métodos. Un sistema educativo vanguardista no se sostiene solo: requiere voluntad institucional”. Esto implica analizar cómo piensa y aprende el estudiante actual, cuáles herramientas utiliza y cómo convertir la tecnología en aliada del aprendizaje, no en atajo para evitarlo.

La obra de Ana G. Méndez nació de observar la realidad social, anticipar el futuro y actuar con valentía. En un momento en que la IA cambia drásticamente la manera de enseñar, su enfoque resulta más vigente que nunca. Su legado invita a hacer lo que ella hizo: adelantarse a la época, no quedarse atrás.

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