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Opinión: Nos comieron la lengua los ratones

Por 3 min lectura
Nos comieron la lengua los ratones

Recuerdo que, en mi niñez, eran comunes las quejas de los maestros con los padres de estudiantes, aludiendo a que sus hijos no paraban de hablar en el salón. En los juntes familiares, con frecuencia había que establecer orden en las conversaciones, pues todos querían hablar a la misma vez.

Desgraciadamente, todo eso cambió. Al parecer, nos comieron las lenguas los ratones.

Una noche, mientras cenaba solo en un restaurante muy popular en el Condado, llegaron cuatro parejas de jóvenes adultos con aspecto local y las sentaron en una mesa redonda, que facilita el contacto visual entre sus ocupantes. Tan pronto se acomodaron, cada uno tomó el menú que tenía al frente, mientras la mesera, libreta en mano, esperaba las órdenes.

Uno a uno fueron ordenando. Paso seguido, según iban soltando el menú, cada cual tomó su celular y se metió a navegar en la red. Los observé un buen rato, sin quitarles la mirada de encima, algo atónito, esperando que, en algún momento, por lo menos se dirigieran aunque fuera una simple mirada, se dijeran algo. Jamás ocurrió. Llegó la comida, se la comieron, pagaron, se marcharon y nunca los vi intercambiar ni una sola palabra, un gesto, sin siquiera dejar escapar un estornudo que motivara un – ¡salud! -. Fue increíble atestiguar tal desconcierto.

La conversación con el empleado de la tienda de zapatos, de ropas o de lo que sea también quedó atrás. Cuando visitamos uno de estos establecimientos, resulta milagroso obtener el servicio o la orientación necesitada de parte de un empleado de carne y hueso y, cuando ocurre, con frecuencia lo hace de mala gana, carente de cortesía, de entusiasmo, sin ningún interés en asistirnos y emitiendo la menor cantidad de palabras posible. Esa es una de las razones por las que cada día se hacen más populares las compras online, desde la aparente comodidad de un teclado, en la casa, la oficina o el celular, por supuesto, dentro del marco de frialdad que puede ofrecer una máquina, pero ciertamente sin sufrir la frustración de la desatención que nos imprimen nuestros congéneres.

Cambiamos el tiempo de dedicarle a la familia, a los vecinos, a los amigos, al perro, e incluso el de conocer nueva gente, por la pantalla del televisor, o de la computadora o del móvil. En pocas palabras, hemos cambiado chinas por botellas. El chiste es que con ello nos sentimos chévere, geeks, chilling. Nos ponemos las gríngolas y la venda nosotros mismos, para luego mirarnos en el espejo de la indiferencia y exclamar: ¡Cool!                               

Navegamos a bordo de la barca de la frivolidad, cursando las turbias aguas de las redes sociales y su máximo exponente: Facebook, el país de los corazones rotos, las almas en pena, las soledades compartidas, los poetas frustrados, los escritores irredentos, los héroes anónimos, los psicólogos virtuales, los sueños truncos, las verdades a medias, las ilusiones tronchadas, la moral en calzoncillos, los viajes malogrados, lo que queremos ser cuando seamos grandes, los rebeldes sin causa, el nuevo Prozac, el Disney World al alcance de todos, el nuevo purgatorio, la nueva revolución y otras realidades aún no corroboradas, todo en busca de una falsa redención que adonde único conduce es al país vecino, el de la total enajenación.

Necios ignoramos que los verdaderos valores radican en la gente, no en las cosas, mucho menos en artilugios que con un simple soplido de la naturaleza, por un nimio error humano o por la arrogancia y vanidad de mentes perversas, pueden desaparecer en un instante, regresándonos por siglos justo al punto donde empezamos…

Como mínimo, conversar tiene la virtud de proveer puntos de vista distintos a los nuestros, lo que enriquece nuestra inteligencia, amplía nuestro universo de opciones y nos ayuda a comprender mejor a nuestro interlocutor, que puede ser un amigo, un compañero de trabajo, un cliente, un padre, un hijo, un vecino.

Conversemos, pues, sobre todo en esta época tan maravillosa como es la Navidad y la llegada del Nuevo Año.

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Tony Paulino

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