Hay instituciones que no se miden solo por sus edificios, sus matrículas o sus presupuestos. Hay instituciones que se miden por la cantidad de país que cargan sobre sus hombros. La Universidad de Puerto Rico (UPR) es una de ellas.
Por eso, cuando en los medios de comunicación se pregunta qué hace la UPR, conviene responder con serenidad, pero también con firmeza: la Universidad hace mucho más de lo que sus detractores quieren admitir. Lo preocupante es que muchas de esas denuncias y ataques suelen provenir de sectores o figuras que muy poco o nada han aportado a la excelencia académica, científica y humana de la institución, pero que se muestran siempre disponibles para desacreditarla desde afuera. Se trata, demasiadas veces, de un libreto conocido: la repetición insistente de discursos de poder que buscan erosionar la legitimidad de lo público ante la opinión del país.
Esa no es una estrategia nueva. Algo parecido ocurrió con la Autoridad de Energía Eléctrica, cuando durante años se insistió en responsabilizar exclusivamente a ciertos sectores laborales por la crisis de la corporación, mientras se silenciaban o minimizaban las prácticas de colonización político-partidista, el acomodo de allegados sin la preparación debida y las decisiones administrativas que contribuyeron al deterioro institucional y a su desaparición.
Hoy ese mismo mecanismo de simplificación interesada parece proyectarse sobre la Universidad de Puerto Rico: se repiten consignas, se magnifican conflictos y se invisibilizan los logros, con el evidente efecto de sembrar desconfianza, desaliento y desestabilización.
Frente a esa narrativa, hay que decirlo sin titubeos: la UPR no puede ser juzgada por el ruido de sus adversarios, sino por la profundidad de su obra, por el sacrificio cotidiano de su facultad, de sus investigadores, de sus empleados no docentes y de sus estudiantes. Quienes de verdad sostienen la Universidad no son los que la usan como blanco fácil en ciclos de opinión, sino los que la levantan cada día en salones, laboratorios, bibliotecas, archivos, comunidades y proyectos de servicio. La pregunta, entonces, no debería ser únicamente qué hace la UPR, sino qué han hecho por ella quienes hoy se apresuran a condenarla sin reconocer ni defender su aportación esencial al país.
En fin la respuesta a estos sectores de los medios de comunicación no debería limitarse al inventario frío de programas, recintos y oficinas. La verdadera respuesta exige recordar primero qué ha sido la Universidad en nuestra historia: una manufactura constante de conocimiento, sí, pero también una fragua de ciudadanía, una escuela de sensibilidad, una plataforma de movilidad social y una de las pocas estructuras públicas capaces de producir pensamiento propio desde Puerto Rico hacia el mundo. Esa dimensión histórica quedó muy bien sugerida en la reflexión sobre “Jaime Benítez y las redes internacionales de la Reforma Universitaria”, publicado en El Adoquín: la UPR no nació para ser una simple agencia de trámite, sino una “Casa de Estudios” con vocación intelectual, cultural e internacional.

Sin embargo, esa casa ha sido forzada en los últimos años a vivir en estado de supervivencia. Desde la intervención de la Junta de Control Fiscal y la eliminación de la fórmula que por décadas garantizó una porción del Fondo General para la Universidad, la UPR ha sufrido una contracción severa de sus recursos. Distintos análisis periodísticos y académicos han señalado que la asignación del Fondo General cayó de $911 millones en 2017 a $466 millones en 2022, una reducción de 49%; y para los años fiscales recientes la aportación pública se ha mantenido muy por debajo de lo que la institución recibió históricamente. Esa cifra no es un número abstracto: significa menos margen operativo, más incertidumbre, más presión sobre programas, más desgaste para estudiantes, docentes y personal no docente.
Y, sin embargo, la UPR no ha dejado de producir. Ese es el dato moral y político que muchos olvidan. A pesar de la poda presupuestaria, el sistema universitario conserva su acreditación institucional y las unidades continúan acreditadas, señal de que no estamos ante una estructura colapsada sino ante una universidad que, aun golpeada, sigue cumpliendo estándares académicos y administrativos. En 2025, además, la institución fue colocada como la primera del Caribe y entre las mejor posicionadas de América Latina y el Caribe en la clasificación regional de QS, una noticia que por sí sola debería haber provocado orgullo colectivo en el país.
La Universidad de Puerto Rico en Mayagüez, por ejemplo, ha seguido haciendo lo que una universidad de verdad está llamada a hacer: investigar, innovar y proyectar a Puerto Rico más allá de sus límites geográficos. En 2025 recibió una subvención de NASA de $300,000 para investigación en impresión 3D aplicada a misiones espaciales; ese mismo año trascendió que una tecnología de purificación de agua desarrollada en el RUM sería probada en la Estación Espacial Internacional; y también se informó la selección de estudiantes colegiales para talleres e internados de alto prestigio vinculados a NASA. Estos logros no son anécdotas decorativas. Son prueba de que, aun bajo castigo fiscal, la UPR sigue insertándose en circuitos científicos internacionales de primer orden.
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A ello se suman los esfuerzos sostenidos del Departamento de Ciencias Sociales, su director y su facultad, que han reafirmado el papel de la Universidad como espacio de formación rigurosa, investigación aplicada y servicio al país. Desde ese Departamento se ha impulsado el Observatorio de Seguridad Pública y Asuntos Urbanos, concebido como una plataforma para que los estudiantes articulen conocimiento, práctica e intervención sobre la realidad social que los rodea.
Bajo ese impulso, profesores y estudiantes han participado en iniciativas de impacto concreto, como la presidencia del Comité Multisectorial del Código de Orden Público de Mayagüez, la colaboración en procesos vinculados al municipio de Aguadilla y el desarrollo de diálogos con el municipio de San Germán para integrar el saber universitario a la gestión pública. De igual forma, proyectos como Siempre Vivas y los trabajos del Instituto Universitario para el Desarrollo de las Comunidades evidencian que en el RUM también se produce conocimiento social con vocación transformadora, sensibilidad humana y compromiso con las comunidades. En otras palabras, la excelencia del Recinto no se mide solo en laboratorios y tecnología, sino también en su capacidad para pensar el país, acompañarlo y servirle con inteligencia, conciencia y responsabilidad pública.
La Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, por su parte, ha continuado defendiendo la dimensión cultural e intelectual de la universidad. El convenio firmado con el Instituto Cervantes en 2024, con una vigencia de siete años y la creación de una Cátedra Cervantes adscrita al Departamento de Estudios Hispánicos, demuestra que la UPR todavía es vista como interlocutora válida en espacios internacionales de lengua, cultura y pensamiento. Este tipo de alianza recuerda que la universidad no solo forma profesionales; también custodia tradiciones intelectuales, sostiene el idioma, produce conversación pública y vincula a Puerto Rico con redes mayores de creación y reflexión.
El Recinto de Ciencias Médicas, de la UPR, mientras tanto, ha seguido mostrando la otra cara del servicio universitario: aquella que toca directamente la vida del pueblo. En medio de crisis fiscales y amenazas a la investigación en salud, la UPR ha mantenido proyectos de investigación biomédica, programas clínicos y una formación de profesionales de altísima calidad. La continuidad del Alliance for Clinical and Translational Research en Puerto Rico y el desempeño sobresaliente de programas médicos especializados evidencian que la Universidad no ha dejado de ser un pilar de salud pública, investigación y formación profesional avanzada.

Tampoco debe olvidarse otro aspecto esencial: la UPR ha seguido respondiendo al país en momentos de necesidad colectiva. Lo hizo durante la pandemia, lo ha hecho tras huracanes, y lo sigue haciendo cada vez que sus recintos se convierten en espacios de servicio, vacunación, distribución de ayuda, conocimiento técnico o acompañamiento comunitario. Eso rara vez ocupa grandes titulares, porque el drama vende más que la constancia. Pero la verdad histórica es esta: cuando Puerto Rico tiembla, se inunda, enferma o se empobrece, la Universidad de Puerto Rico suele estar allí, a veces silenciosa, a veces maltratada, casi siempre insuficientemente reconocida.
En ese cuadro también merece atención el Sistema de Retiro de la UPR. En un tiempo en que tantos retiros públicos han sido presentados como cargas inevitables o ruinas anunciadas, el retiro universitario ha logrado sostener una estructura institucional propia, con activos separados de los de la Universidad, administración fiduciaria y una comunidad amplia de participantes y pensionados. Los estados financieros de la UPR al 30 de junio de 2025 describen el Sistema de Retiro como un plan de beneficios definidos entre pensionados, participantes con derechos acumulados y empleados participantes, y recuerdan que desde 2020 la Junta de Retiro asumió la función fiduciaria del sistema. Eso no elimina las tensiones ni las amenazas, pero sí obliga a reconocer que hay allí una defensa institucional concreta del retiro universitario, sostenida por docentes y no docentes que se han negado a entregarlo sin lucha.
Por eso, cuando alguien pregunta qué hace la UPR, conviene responder con serenidad, pero también con firmeza. La UPR hace país. Lo hace formando médicos, ingenieros, maestros, científicos, artistas, investigadores, atletas y profesionales de todas las disciplinas. También lo hace trayendo a Puerto Rico convenios internacionales, proyectos de investigación espacial, estudios económicos, producción cultural y pensamiento crítico. Lo hace defendiendo, aun en la escasez, su misión pública. Y lo hace también manteniendo vivo un ideal universitario que no debería reducirse a balances contables ni a titulares de crisis.
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La denuncia, entonces, no puede ser estridente ni ciega. Debe ser histórica. Lo que se le ha hecho a la UPR no es simplemente un ajuste administrativo: ha sido una herida al principal proyecto público de conocimiento que tiene Puerto Rico. Y, aun así, esa institución herida no ha renunciado a su deber. Ha seguido en pie, aunque muchas veces deba caminar con muletas.
Tal vez por eso hoy no basta con hablar de la UPR como “Casa de Estudios”, en el sentido clásico de Jaime Benítez. Hoy hay que hablar también de la supervivencia de su hogar. Porque una casa puede ser grande en sus ideas, pero si se le vacían las alacenas, si se le agrietan los cimientos y si se le obliga a justificar cada respiración, termina viviendo no desde la plenitud de su misión, sino desde la urgencia de resistir. La grandeza de la UPR, en esta hora, está precisamente ahí: en que no ha dejado de crear, enseñar, investigar y servir, aun cuando tantos la han querido reducir a crisis. Y esa verdad, por dignidad histórica, hay que decirla completa.
En ese cuadro de resistencia universitaria hay que incluir también la voz del estudiantado. En lo que va del mes abril, los recintos de Río Piedras y Mayagüez decretaron paros de 72 horas, mientras en Ponce se desarrolló una huelga más prolongada, todos atravesados por un reclamo común: la renuncia o destitución de la presidenta de la UPR y la necesidad urgente de repensar el rumbo de la institución. No se trata de un gesto caprichoso ni de una simple explosión de malestar.
Y es que detrás de esas acciones hay una convicción profunda: la Universidad de Puerto Rico no debe estar gobernada ni por la política partidista ni por la lógica neoliberal que ha pretendido reducirla a una estructura administrable desde la escasez, la obediencia fiscal y el silenciamiento de su misión pública. Aunque esas luchas puedan sonar irritantes para algunos sectores, o incómodas para quienes preferirían una universidad dócil y desprovista de pensamiento crítico, lo cierto es que parecen surgir como una respuesta dolorosa, pero necesaria, ante el silencio, la desconexión y la insistencia oficial en negar una crisis que para muchos universitarios resulta evidente.
Que nadie desee para el presente de la UPR el retorno de los fantasmas de represión que marcaron otros ciclos de conflictividad universitaria en las décadas de 1960 y 1970. Lo que se impone hoy no es la criminalización de la protesta, sino un ejercicio serio de reflexión institucional entre todos los sectores universitarios y del país.
Una administración universitaria que, en medio de múltiples reclamos de estudiantes, profesores y empleados, insiste en proyectar normalidad corre el riesgo de distanciarse de las preocupaciones reales de su comunidad. La hora presente reclama más apertura al diálogo, mayor capacidad de escuchar, un ejercicio honesto de autocrítica y una renovada sensibilidad histórica ante los desafíos que vive la institución. Cuando los estudiantes levantan su voz en defensa de la Universidad, no necesariamente están quebrantando su casa de estudios; con frecuencia están expresando, desde su propia experiencia, la urgencia de cuidarla, fortalecerla y contribuir a su porvenir.
Porque, a fin de cuentas, la Universidad de Puerto Rico no es solamente una institución: es una memoria viva del país, una reserva de inteligencia colectiva, un taller de esperanzas donde generaciones enteras han aprendido a pensar, a servir y a creer que Puerto Rico puede levantarse desde el conocimiento.
Para concluir, defender la UPR no es aferrarse al pasado, sino apostar al porvenir. Todavía estamos a tiempo de reencontrarnos con lo mejor de su tradición, de sanar sus heridas con grandeza y de devolverle las condiciones necesarias para que vuelva a florecer en toda su plenitud. Allí, en sus salones, en sus laboratorios, en sus bibliotecas y en la voz de sus estudiantes, sigue latiendo una promesa de país que no debe rendirse.
Y mientras la promesa de la Universidad de Puerto Rico siga viva, no dejará de latir la posibilidad de renacer desde la razón que esclarece, desde la academia que siembra, desde la historia que da sentido, pero también desde ese corazón profundo y colectivo que vive, fragmentado pero persistente, en cada uno de sus estudiantes, exalumnos, profesores, empleados y servidores.
Mientras ese corazón no se rinda, tampoco se rendirá la esperanza de un Puerto Rico más justo, más culto, más sensible a su memoria y capaz de concebir un porvenir luminoso.
¡Que viva la Universidad y que vivan sus estudiantes, porque mientras ellos sueñen, piensen, luchen y amen su país, no habrá oscuridad capaz de apagar del todo la esperanza!
Imagen principal: Actividades del 53 Aniversario de la UPR. Agasajo del Rector Jaime Benítez a los estudiantes de matrícula de honor. En la foto aparece el Rector en los momentos en que se disponía a cortar un bizcocho representando el Edificio de la Torre. Colección de Fotos del Periódico El Mundo. Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras



Cuanta razón tienes Carlos, lo intenté, ayudando como miembro de la junta de Directores, asistí en su construcción, mantenimiento preventivo, operación y administración costó eficiente, como se lo prometimos a su entonces Presidente, el Doctor Norman Maldonado, del complejo Universitario de un millón de pies cuadrado de construcción, llamado Plaza Universitaria. Pero personas inconscientes, carentes de amor por ella, e ignorantes de su propósito de albergar, asistir de múltiples formas, acoger, al estudiantado, sus usuarios cotidianos y visitantes y el propósito consciente y responsable de mejorar el entorno de la ciudad de Río Piedras que cobija el recinto y que había sido abandonada por algunos de sus alcaldes, nos lo impidieron injustamente, irresponsablemente, maliciosamente, ignorantemente incorrectamente e ilegalmente, pues cancelaron los contratos de adhesión acordados. En este momento está en el proceso de un deterioro visible. Lo peor de todo es el mal uso de su planta física, la falta de servicios a su usuarios. La ausencia de mantenimiento preventivo adecuado y necesario como bastión visible en la comunidad capitalina, como estandarte e imagen diáfana de la Universidad de estudios superiores, patrimonio fundamental de nuestro pueblo puertorriqueño. Da pena, vergüenza y desesperanza, como se sigue manoseado, impunemente esta joya de arquitectura borinqueña. Ni las cortes han comprendido el daño infligido a la misma, han sido ciegas, sordas, alejadas e insensibles a su propósito.