Los boricuas y las fiestas

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Tiempo de lectura 4 minutosPor: Jíbarocapitalino

La historia nos cuenta que los indígenas que poblaron las Antillas caribeñas eran seres pacíficos a los que les gustaba la fiesta. Los colonizadores españoles, que llegaron al final del siglo XV, enriquecieron la cultura en las Antillas y trajeron a los esclavos africanos, que expandieron aún más las costumbres isleñas del baile, la música y el uso de especias en la comida. La cultura isleña se sigue agrandando con la llegada de europeos de Italia, Francia, Alemania y otros.

En el 1823, España envió a Don Miguel de la Torre y Pando, I Conde de Torrepando, como Capitán General y Gobernador. Este noble caballero, como todos los gobernadores de nuestra isla, no quería problemas, por ende, instituyó el famoso gobierno de la tres B (Baile, Botella y Baraja) pues decía que “un pueblo entretenido no piensa en rebeliones”. Evidencia de sus gustos, el teatro municipal (Tapia) se construyó bajo su gobierno. A los boricuas les gustó tanto esa “libertad de fiestar” que, de hecho, no se rebelaron, aunque durante el siglo XIX las fuerzas independentistas del general Bolívar dejaron sellados los destinos políticos de varias naciones de Sur América; esos son otros veinte pesos.


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En Puerto Rico, con el aval del gobernador, los boricuas se divirtieron y gozaron hasta de “bautizos de muñeca”. Se celebraban fiestas patronales, grandes bailes y carnavales, que, aunque no fuesen tan fastuosos como los que se llevaban a cabo en otros países, los boricuas disfrutaban mucho: nunca perdieron la oportunidad de fiestar. Además, sospecho que se desarrolló un gran círculo, basado en las “tres B”, mediante el cual se intercambiaron ideas de mejorar los festejos y recorrieron varias islas del Caribe y países del Golfo de México.

Los puertorriqueños no solo desarrollaron el gusto por las fiestas y las “bebe latas”, sino que expandieron su interés en la gastronomía internacional, ya que durante el gobierno del Conde se expandió el cultivo de la caña de azúcar, que a su vez atrajo culturas de todas partes del mundo y con ellas sus diversas cocinas, convirtiéndose la isla en un centro de entretenimiento completo.

A finales del siglo XIX, los norteamericanos vencieron a España en la Guerra Hispano estadounidense y pusieron un poco de freno el desarrollo auténtico y cultural de Puerto Rico. La actitud de “soy el dueño y ustedes los esclavos” que normalmente caracteriza el dominio político y social de los colonizadores, en nuestro caso en ese momento, norteamericanos, por regla general no cayó bien en el pueblo puertorriqueño, que, por no conocerlos, tardó varios años en aceptarlos.


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Los inversionistas estadounidenses reemplazaron rápidamente a sus contrapartes españoles y comenzaron a sacar provecho de la belleza natural de nuestra Isla. Se empezaron a construir hoteles tipo “resort” con magníficos restaurantes y clubes nocturnos. Durante la década de los cincuenta y ya acostumbrados los puertorriqueños a la cultura de los norteamericanos, empezaron a surgir hoteles más modernos y lujosos y más excelentes restaurantes, especialmente en la ciudad capital.

Los boricuas clasificados en los grupos generacionales como “silent”, “Boomer” y algunos “Gen-X”, (de 50 a 87 años) seguramente recuerdan una amplia lista de magníficos restaurantes, ya no solo en la capital, sino ubicados en todos los rincones de la isla. Durante estas épocas, la mencionada lista fue inagotable y se mantiene hoy.

La vida nocturna era de una variedad extraordinaria. Los clubes nocturnos eran divertidísimos y llenos de actividad. Muchos de los que vivimos esos años no podemos olvidar cómo al salir a las tantas de la madrugada de bailes y fiestas en lugares como La Casa de España, El Club Náutico, El Casino de Puerto Rico o de un espectáculo en Ocho Puertas, El Club Caribe o del Club Tropicoro, se iba a disfrutar de las delicias en Las Nereidas o en el Under the Trees, Quizá después de una noche de discoteca y de bailar como salvaje en el Hunca Munca, en Isadora, Juliana’s, San Juan San Juan, Bachelors o Peggy Sue, te unías al resto del grupo para un sabroso hamburger en Mar y Sol, El Almendro,  el  Gaucho Burger y hasta quizá en El Obrero.

Hablando de las mejores hamburguesas y papas fritas, imposible olvidar las de Roger’s en Miramar o las de los Tastee Freeze, o El Recodo y las mejores pizzas del mundo en La Cueva del Chicken Inn, propiedad de la familia de Raúl Juliá. Desde entonces, abrieron en todo Puerto Rico, los mejores restaurantes puertorriqueños, cubanos, mexicanos, dominicanos, chinos, árabes, norteamericanos (Diners, Dives and Bars) etc. No gastaré energías en mencionar los bares y cafés, porque no terminaría nunca.

Para concluir, tengo que decir que Puerto Rico no tiene absolutamente nada que envidiarle a país alguno en el mundo en cuanto a cantidad, variedad y calidad de sus restaurantes, discotecas, bares, casinos y más. Me atrevo a pensar que quizá fue así gracias en parte al buen humor y visión de un caballero español que pensó en el bienestar del pueblo antes de mentirle y robarle.

¡Brindo por y con usted, Don Miguel!

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