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Imagen: Trina Padilla de Sanz “La Hija del Caribe” portando la bandera de Lares durante la conmemoración de Grito de Lares el 23 de septiembre de 1932, Lares, Puerto Rico. Suministrada.

 

Por: Yolanda Suárez-Crowe

El tiempo, sin detenerse, corre a más de un siglo de la dominación norteamericana.  Éste es el resultado del terrible y humillante Tratado de París cuando comienza el estado colonial de Puerto Rico. La voz de Trina Padilla de Sanz revela proféticamente la trágica situación, aún vigente, en nuestro milenio: la lucha por la independencia, tan generosa en muchos aspectos y tan digna…se haya detenida por la completa disparidad de criterios, por los odios personales o por hacer valer nuestras opiniones sin pensar que a grupos en un solo haz podríamos hacer la patria grande ya que la unión constituye la fuerza mayor de los pueblos.

Rebelde como su padre, José Gualberto Padilla «El Caribe», la revolucionaria poetisa, Trina Padilla de Sanz fue llamada la “sacerdotisa del amor” por el escritor puertorriqueño, René Marques (1919-1979).  Señalándonos la rebeldía y amor que marcan la dualidad del carácter de La Hija del Caribe, Marques en 1943 dice: Más hay en la lira de la Hija del Caribe una cuerda que no habla de dulzuras, cuerda tensa, endurecida por la clavija de las injusticias. Sonora y vibrante, como el clarín que quiere despertar las conciencias dormidas en el asunto letal del coloniaje, La Hija del Caribe expresa en su lira su rebeldía a esta triste situación:

…ya todo ha cambiado

                        en nuestra indefensa tierra,

                        y anda la nave al garete

                        a merced de la tormenta;

                        y hoy no tienes patria mía

                        IDIOMA, CRUZ ni BANDERA,

                        y el hogar se desmorona

                        y se acaban las leyendas,

                        y los puros ideales

                        huyen rojos de vergüenza;

                        y hoy la patria ya no es patria,

                        y hoy la tierra ya no es tierra,

                        y por todas partes vemos

                        quebraduras, surcos, grietas…

Quebranto y angustia por la patria que ya no es patria, el llanto fúnebre por lo perdido es punto crítico.  Su defensa no se disminuye ni se intimida ante la adversidad y desprecio por el gobierno norteamericano que nos invade, imponiendo la colonia.  Extendiéndolo al presente, observamos hoy el desprecio y traición de nuestros gobernadores y representantes que no valoran o defienden nuestra cultura, idioma y patrimonio en todas sus manifestaciones.  Quebranto y angustia por el Viejo San Juan, como en todas partes de la isla, cuando vemos abandono, vandalismo, desprecio y destrucción de documentos y de magníficas estructuras, calles adoquinadas, casas y edificios; testimonio y orgullo a nuestro pasado. Todo para facilitar la construcción de hoteles y casas de comercio.  NO se trata de evitar progreso, porque progreso en manos de destrucción es retroceso.


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Ante este asedio, Trina Padilla de Sanz, fue portavoz en su defensa de Puerto Rico.  Armada con pluma firme en su mano fina escribe sus versos; y con manos ágiles y fuertes en la tecla apasionada y sonora de su piano canta su quimera revolucionaria. Sembró conciencia con su infatigable espíritu en defensa de nuestra lengua, cultura y arte: identidad de nuestro ser. De su descendencia, su semilla, brota una flor.

Es su hija, Trinita Sanz Padilla, quien sigue los pasos de su madre. La benjamina de Trina Padilla de Sanz y de Ángel Sanz Ambrós, nace el 7 de enero de 1897 en Arecibo, Puerto Rico. Aún no había cumplido su primer año, cuando Puerto Rico comienza a disfrutar de un gobierno autonómico otorgado por España bajo la Carta Autonómica el 25 de noviembre de 1897. Ocho meses después Puerto Rico se viste de luto cuando los Estados Unidos bombardean e invaden a la isla soberana. Decapitando la insipiente soberanía imponen la colonización de la isla.  Trinita Sanz Padilla vive la dualidad de su historia: una de la efímera soberana nación y otra de dependencia colonial.  Trinita se nutre en un mundo de gran intelectualidad y efervescencia política. La casa solariega de su madre, Trina Padilla de Sanz, era un ateneo donde departían los hombres y mujeres más ilustres de Puerto Rico. Trinita escuchaba tertulias, y acompañaba a su madre en las marchas celebrando el Grito de Lares y las múltiples conferencias y reuniones que atendían juntas, hija y madre para apoyar a sus compatriotas exaltar los más grandes ideales de libertad e independencia para Puerto Rico.  René Marques (1959) en su novela La Víspera del Hombre describe la celebración del Grito de Lares destacando aquella viejita de pelo blanco llamada la Hija de Caribe:

En la plaza celebraban también la otra fiesta, la de la bandera chiquita. Esa no era una fiesta como la de la patrona. Tiraban muy pocos cohetes y solo se reunían un grupito de gente cercana al obelisco. … muchos muchos años, había habido una revolución en Lares. Era como una guerra contra el gobierno de España para hacer a Puerto Rico libre. Pero Puerto Rico no fue libre porque la revolución se quedó en nada. Unos cuantos soplones echaron a perder el plan.  Y la sangre no llegó al río.  En vez de pelear, los puertorriqueños gritaron.  Por eso lo llaman el Grito de Lares. 

De todos modos, en la fiesta frente al obelisco la banda tocaba la Borinqueña mientras subían con un cordón la bandera a lo alto de un palo pintado de blanco. (Esa era la bandera chiquita de una sola estrella. No era la grande que tenían en la escuela y en el cuartel de la policía.) Después hablaba el señor moreno que se llamaba Albizu. Y decía que la revolución ahora era contra Estados Unidos y que Puerto Rico seguía en guerra por conseguir libertad.  El padrastro (de Pirulo) le explicó luego que no había tal guerra y que en Lares ya nadie quería la revolución.

Después del hombre moreno hablaba la viejecita simpática de pelo blanco y revuelto que llamaban la Hija del Caribe.  La viejecita hablaba de Dios y de la Patria, recitaba unos versos bonitos y luego sacaba una bandera de seda que ella misma había hecho y se la regalaba al hombre que llamaban Albizu. Ambos se abrazaban llorando y la gente aplaudía y gritaba: – ¡Viva la república! ¡Viva la libertad!

En la estrada (De izquierda a derecha): Trina Padilla de Sanz “La Hija del Caribe”, Pedrito Albizu Meneses, Pedro Albizu Campos y su esposa, Dra. Laura Meneses de Albizu. Trinita Sanz Padilla es la 6ta persona con mano apoyando su quijada.

 El fervor y responsabilidad patrio sigue los pasos de su madre y del rebelde abuelo, “El Caribe”.  Trinita Sanz Padilla con espada ardiente y vibrante escribe en 1934 un poema que dedica a don Pedro Albizu Campos.

 

ESPADAS

A don Pedro Albizu Campos

 

Espadas rectas y finas

silbadoras cual serpientes.

Espadas yertas de frío,

temblorosas como el río

rígidas como la muerte.

 

Espada que de Castilla

fuiste el tesoro mayor,

cuando en nombre del honor

y en románticas andanzas

cruzaste airosas tus lanzas

por unos labios en flor.

 

Espada pulida y fina

hace falta aquí tu acero

para clavarlo certero

y acabar nuestra agonía.

Hacer que tu punta fría

aguda, leve, discreta,

deje una mancha violeta

donde sangre el corazón

para que flote el pendón

de mi patria independencia.

El activismo nacionalista y rebelde de Trinita Sanz Padilla es evidente.  Refleja la lucha angustiosa e interminable por salvar como una guerrera a su amada patria.  Quiere clavar una espada fría y pulida, recobrar el honor patrio, acabar la agonía para que brille la estrella de la independencia.  Es un poema de valor, exaltación y militante.


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A pesar de la defensa por la independencia de Puerto Rico como motivo central y su dedicación para fomentar los valores patrióticos, Trina Padilla de Sanz recibió poco reconocimiento de su afiliación nacionalista después de su muerte. Yolanda Fernández Sanz, nieta de Trina Padilla de Sanz en su libro Trina Padilla de Sanz La Hija del Caribe Colección de Recuerdos (1996) critica a los que pretenden negar la militancia de su abuela y afirma con honor y orgullo con el título: Trina Padilla siempre fue independentista en uno de los capítulos (p. 156-159) de su libro.  Describe y muestra el discurso que diera “La Hija del Caribe” en la celebración del Grito de Lares el 23 de septiembre de 1932:

Ya era tiempo de que la voz puertorriqueña levantara su diapasón al tono mayor del patriotismo, para decir bravamente, claramente, firmemente y seriamente lo que late en el corazón del terruño, de los que no tenemos hipotecada la vergüenza ni el amor patrio verdad.

Ya era tiempo de que esas algaradas que se encubren con el manto del patriotismo y atisbos de redenciones tuvieran término en la conciencia popular.

Los Pueblos que por cobardía no tienen oídos para escuchar la voz de la razón, de la justiciar y del honor, tienen que sufrir el castigo de su falta de civismo.

El patriotismo es innato a la cuna: la patria de otros no es patria nuestra, el concepto de patria, como el del honor es absoluto: Patria es la TIERRA DONDE SE NACE.

Recordaré siempre el 26 de abril de 1957 y esa terrible llamada por teléfono que recibió mi madre de mi tía Fabiola Fernández Sanz anunciado la triste noticia de la muerte de Trina Padilla de Sanz –“abuela blanca” como la llamábamos sus bisnietos porque su pelo era todo blanco como el algodón. El viaje en carro de San Juan a Arecibo con mi tía Fabiola, mamá y mis hermanos fue sombrío lleno de pena. La casa en Arecibo de “abuela blanca” estaba llena de familia y amigos que se acumulaban por todos los espacios de la casona.

“La Hija del Caribe” estaba yaciente en el catafalco, colocado a Capilla Ardiente en la sala principal. La mitad de la tapa del catafalco estaba abierta mostrando solo su cabeza y torso. Su rostro parecía tranquilo en su sueño mortal. La bandera mono-estrellada cubría el resto del féretro donde la tapa estaba cerrada. Fue conducida desde la casa, departiendo con el cortejo fúnebre, a la Iglesia hasta llegar al Cementerio de Arecibo. Desde las afueras por todos sitios era evidente la multitud del pueblo que la quería tanto.  Mi hermano menor se había sentado en una de las murallas a la entrada del cementerio de donde podía ver millares de personas en el sepelio.  Me sorprendió más tarde observar que la bandera de Puerto Rico ya no arropaba el féretro de abuela blanca. Esto lo pude corroborar en las fotografías publicadas en la presa.

En aquel tiempo, no tan lejos del presente, se hostigaba, perseguía y se castigaba a todo aquel que defendía o exaltaba la independencia para Puerto Rico.  Creando un clima de miedo por toda la isla para frenar y desacreditar toda manifestación de orgullo por la libertad y solidaridad con la independencia. Un momento histórico post-macartista desplegaba sus tentáculos con vigilancia, mordaza, arresto y cárcel a todo ciudadano, estudiante, profesor, escritor, líder, en fin, todo aquel que hablaba de independencia. Portar la bandera de Puerto Rico era también acto provocador y por lo tanto un riesgo.  La Hija del Caribe, de carácter y convicción firme con su integridad de acero nunca se intimidó.  Ochentona en años, de pelo blanco y frágil, pero con paso firme desplegaba un entusiasmo con temple y corazón de gladiadora rebelde.  Su participación pública y abierta, sin miedo honraba el noble ideal que tanto amaba y defendía.

Activa participante nacionalista, La Hija del Caribe, había sido electa Delegada por Arecibo como miembro del Partido Nacionalista de Puerto Rico en 1932. Esta reunión de la Asamblea General en Caguas es considerada importante porque marcó el inicio de una mayor militancia revolucionaria en el partido.  Considerada subversiva, La Hija del Caribe no esconde ni teme repercusiones.  Su relación de amistad y solidaridad con Albizu, Presidente del Partido Nacionalista, es evidente.  A pesar de la vigilancia en toda la isla incluyendo por la agencia federal de correo en Puerto Rico, La Hija del Caribe envía abiertamente una tarjeta postal de agradecimiento a su amigo poeta, Juan Antonio Corretjer, entonces segundo en mando como Secretario General del Movimiento Libertador de Puerto Rico.  La tarjeta dice: Aunque ya había sido nombrada miembro de la Junta Nacional del Partido Nacionalista, agradezco la re elección con que se me honra, nominándome a la vez Vocal Honoraria de la mencionada Junta. Gracias, aceptando gustosa la distinción, Atentamente, La Hija del Caribe Arecibo, P.R. Dbre 24, 1935.

El Revdo. Domingo Marrero se dirige a la asamblea conmemorativa del Grito de Lares (1932). En tribuna sentados de izquierda a derecha: Trina Padilla de Sanz “La Hija del Caribe” (3er lugar), Pedro Albizu Campos (5to) y Trinita Sanz Padilla (8vo lugar).

La discusión discordante sobre el “status” de Puerto Rico no ha parado en este milenio. Podemos ver bien claro que la pandemia de confusión y polarización nacional continúa en un estado agudo y sin remisión.  Sin embargo, el reconocimiento y deseo de conocer la verdadera historia de Puerto Rico es evidente.  Se reconoce que nunca se enseñó en nuestras escuelas la verdadera historia. No asignaban libros de historia excepto los esterilizados con el propósito de eliminar todo gérmen que incitara orgullo y amor a nuestro patrimonio puertorriqueño. El interés por el Departamento de Instrucción del Gobierno de Puerto Rico fue el desmantelar todo vestigio que diera honor al ideal de libertad,  objetivo notable  por más de un siglo.  Trina Padilla de Sanz, La Hija del Caribe fue objeto de esta distorsión histórica cuando se trata de disminuir y olvidar su militancia en el Partido Nacionalista Puertorriqueño. El reconocido historiador, Ovidio Dávila (2008) lo indicó con estas palabras:

Flaco y decrépito servicio le han hecho a la memoria de tan augusta matrona, los acomodados acólitos de la colonia que han pretendido desinfectarla de su auténtica y bien documentada verticalidad revolucionaria, montando fatuas leyendas, así como inverosímiles y ridículas anécdotas de encargo, y queriéndonosla presentar ahora como una mujer que se había plegado a la sumisión de capa caída, encerrada e indiferente en su casa, tras la ferviente y militante vida de lucha en pro de sus ideales patrios.  

Trina Padilla de Sanz “La Hija del Caribe” fue independentista y revolucionaria. Hay palabras que sufren por reputación cuando el énfasis de su significado gobierna la palabra y la adjudica solamente, por apropiación partidista, a una causa o persona con el propósito de vilipendiar y causar miedo.  Revolución es una de estas palabras. Revolución en su sentido más amplio significa cambio profundo. Hoy observamos que llamar revolucionario a cualquier causa, persona o movimiento es para acusar y crear la expectativa de que causará violencia y destrucción desenfrenada y maléfica.  Esta manipulación de la palabra revolucionario sirve el propósito de asociar una causa con mentira y miedo por aquellos que con egoísmo, injusticia y abuso quieren ganar elecciones a toda costa.  Olvidan la revolución pacifista de Jesús, Mahatma Gandhi, Martin Luther King y Nelson Mandela.  Los revolucionarios que con la palabra y el ejemplo cambiaron profundamente el mundo.

Trina Padilla de Sanz y su padre, José Gualberto Padilla combatieron con la pistola de la palabra, en poesía. Ambos fueron revolucionarios. El Caribe fue encarcelado por escribir versos inflamatorios contra la corona de España. Trina no fue encarcelada excepto en la sordera que nunca la detuvo o limitó ni en acción ni en palabra. Encarcelar a una viejita independentista, revolucionaria y sorda; poeta que hablaba de libertad, justicia y amor…inconcebible.  Sembró con palabras y con su ejemplo.  Fue valiente hasta el final.  Vive en su lira, en su descendencia y en todos los puertorriqueños revolucionarios en amor y defensa de la verdad, integridad y honor. Defienden idioma, cultura, libertad y la Independencia para Puerto Rico.


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Para los amantes de la verdad y para conocer la lira revolucionaria de Trina Padilla de Sanz “La Hija del Caribe” cierro con un verso de su poema “Décimas Jíbaras” de su libro Cálices Abiertos (1943).

Hay que defender celosos.    

centinelas del terruño

todo lo Viejo y de cuño

de aquellos hombres de acero

parando el golpe certero

con firme y ferrado puño.


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