A 500 años de la Capital de San Juan: Las Actas del Cabildo Municipal y el Tercer Congreso Municipal Interamericano de 1948

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Dra. Giannina Delgado Caro

Las Actas del Cabildo de San Juan constituyen una de nuestras fuentes históricas primarias más importantes, y como tales, incuestionables merecedoras de una nueva edición impresa tal vez limitada para nuestras universidades y entidades culturales.   

 

Este año, en la celebración de los quinientos años de la fundación de la Capital de San Juan Bautista de Puerto Rico, no podemos -no debemos- olvidar la ingente tarea emprendida en la década de 1940 de localizar, organizar, transcribir, preparar índices y acotaciones y publicar las Actas del Cabildo de la Capital de San Juan Bautista -de 1730 a 1821- en un proceso que continuó de forma intermitente hasta 1978. El acicate para el proyecto se inicia con el alcalde Roberto Sánchez Vilella seguido por su sucesora Felisa Rincón de Gautier.

Las relaciones oficiales o Actas de San Juan deben contextualizarse en la institución del Cabildo. El Cabildo era el régimen o gobierno de la colectividad municipal puertorriqueña -con jurisdicción sobre pueblos de la isla- conducente a la reglamentación del conglomerado social y compuesto por concejiles o funcionarios municipales quienes descargaban sus responsabilidades en los renglones legislativo, judicial, económico, social, militar y en la defensa de la isla.  Es por ello que las Actas levantadas en los cabildos (reuniones de los integrantes del régimen municipal) en gran parte del siglo dieciocho y las primeras dos décadas del siglo diecinueve, originalmente redactadas en castellano antiguo, constituyen el testimonio apalabrado de lo que fue la evolución, el devenir, las incidencias y la vida del pueblo puertorriqueño en ese tiempo.

Una epidemia

Estos documentos, breves unos y más extensos otros dependiendo de los asuntos tratados, la complejidad o importancia habida, eran consistentes año tras año en la continuidad temática y cronológica cuando así era considerado meritorio o necesario por el Cabildo para el orden y el bienestar colectivo. Entre la multiplicidad de los avatares de diversa naturaleza  -tanto locales como del extranjero- ventilados en los cabildos encontramos un dato que refrenda lo anteriormente señalado. Aunque aparecen Actas del 1731 (3,9 y 10 de abril) aludiendo a una “epidemia” en Puerto Rico sin concretar su carácter y por no aparecer más comentarios al respecto en los subsiguientes documentos, (aun pudiendo inferir que se trata del mismo asunto por mediar solo un año de diferencia) hemos optado por atenernos a la rigurosa especificidad de un informe que a partir de las Actas del 1732 (17 de mayo y 23 de julio) se extiende casi ininterrumpidamente, como hilo de un tema medular, hasta las Actas del 1820: una epidemia de viruelas.

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En términos generales el informe nos pareció llamativo por algunos aspectos de histórica tangencia con la actualidad puertorriqueña: la presencia de una epidemia, en este caso de viruelas, cuyo origen se atribuía a los buques provenientes de San Tomás, Santa Cruz, España y, mayormente, de Estados Unidos (Actas del 12 de enero de 1807 y 16 de enero de 1809). Ante el creciente número de muertes provocadas por la epidemia se ordenó la inoculación de la vacuna “que comenzó a practicar en esta ciudad el médico Dr. Francisco Oller” -padre de nuestro célebre pintor homónimo- a quien el Cabildo reconocía como responsable de la introducción y la propagación de la vacuna antivariólica en Puerto Rico (Actas del 18 de marzo de 1793 y 11 de junio de 1804).

El gobernador aprobó el plan a seguir para la curación de los “virolentos” o “variolosos” y ordenaba a los doctores Tomás Prieto y Francisco Oller a colocar carteles solicitando el gesto ciudadano de vacunarse, y como responsabilidad médica, a asistir mañana y tarde a los enfermos contagiados, así como también a proveerles los medicamentos y toda la atención necesaria (Acta del 8 de abril de 1793). En las Actas del 26 de enero, 3 de febrero, 8 de junio y 14 de septiembre de 1801 se dilucidaban en los respectivos cabildos los asuntos concernientes a las instalaciones, hospitales y terrenos para la cuarentena de los contagiados y para aquellos que estaban en proceso de sanación, preocupación que había asomado previamente según consta en la Acta del 30 de enero de 1786. Para 1801 (Acta del 19 de octubre) quedaba consignada en los antiguos documentos una incipiente mejoría de la salud pública siendo verificada la misma. No por ello las autoridades, conscientes del alcance de la amenaza epidémica y sus consecuencias, y resueltos a combatirla, disponen “que se avise al público, por medio de cedulones, para que el día diez y siete del corriente mes se dé principio a la operación de la propagación  del fluido vacuno, que continuará en todos los días sucesivos desde las diez a las doce de la mañana en la casa destinada al efecto. Y se acordó: Que ésta quede franca, pronta y habilitada para dicho día…” (Acta del 15 de diciembre de 1803).

No obstante, por no continuar los vecinos la inoculación ya fuese por indolencia u otras razones, lo que implicaba la posible pérdida del “fluido” y resultando ello en un alto nivel de contagio y mortandad, los concejiles de la Junta de Sanidad, en el cumplimiento de su deber persisten fijando nuevos edictos al público “exhortando a los padres de familia a que procuren aprovecharse de tan precioso descubrimiento…y la obligación en que se halla cada padre de familias de conducir sus hijos a estas salas consistoriales para ser vacunados”. El llamado también iba dirigido a los párrocos para que en sus sermones y pláticas persuadieran a sus feligreses sobre la importancia de la vacunación. (Actas del 11 de junio de 1804, 13 de mayo de 1813  y 9 de mayo de 1814).

Finalmente, el Dr. Oller y otros facultativos de la Junta de Sanidad, en la Acta del 21 de junio de 1814 “declaran no haber epidemia”. Oller, a quien el Cabildo le había concedido la potestad de seleccionar los médicos que habrían de ejercer su práctica en Puerto Rico, estuvo muy activo -gratuitamente- en la curación de los contagiados, y aunque de acuerdo a las Actas la situación fue eventualmente conjurada, siempre hubo el recelo ante posibles motivos para tener nuevos contagios (Actas del 18 de septiembre de 1815 y 30 de octubre de 1820). Ello tal vez responda al hecho de que Venezuela y Santo Domingo le solicitaran a Puerto Rico el envío de “la semilla de vacuna” contra la viruela, petición que aducimos, obviamente, a que ésta se había desplazado a sus tierras (Acta del 17 de julio de 1815).

Tanto en este ejemplo de la epidemia dieciochesca ventilada temáticamente en veintidós Actas, así como en toda otra materia cubierta hasta 1821en los cabildos, debemos consignar la asistencia de los variados índices así como de las escuetas notas marginales en las Actas transcritas como guías sucintas para la investigación, información o curiosidad del contenido temático de estos documentos.

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Las Actas: breve nota histórica

El primer volumen de las Actas publicado en 1949 abarca las décadas de 1730 a 1750. Francisco Zeno, entonces Historiador de la capital y autor intelectual del proyecto, responsabilizaba al asalto holandés de 1625 y a la consecuente quema de edificios, bibliotecas y archivos y al hecho de que, desde entonces y hasta 1730, no aparecieran tampoco “actas ni documentos del Cabildo de San Juan, ni noticias, ni huella siquiera, de que existieron, ni de que, de haber existido, como debieron existir”. Por ello, en la década de los ’40, “tras cuatro siglos de indiferencia inexcusable”, un entusiasta grupo de personas  se enfrenta a papeles antiguos «atacados por la polilla, corroídos por la tinta, actas truncas, rasgos ininteligibles, humedad, encuadernación rústica, foliación defectuosa, y en general, el descuido en que estuvieron los papeles del Archivo Histórico Municipal»(citas del Prólogo por Francisco Zeno, Actas del Cabildo del 1730-1750).

Aída Caro Costas, a la sazón profesora de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico y Consejera Técnica del Archivo Histórico, tuvo a su cargo, junto al Director del Archivo Histórico Municipal, Luis Manuel Rodríguez Morales, la modernización y las anotaciones marginales de los textos transcritos así como también la preparación de los índices onomástico, toponímico, de materias, el índice de los cabildos y un índice general, tareas en las que participaron Leonardo Rodríguez Villafañe, Catalina Palerm, Viola Vidal de Rodríguez, Carmen Caragol y tantos otros así como también con el constante apoyo  de Sebastián González García, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico.

Transcripción y modernización

El principal motivo de estas publicaciones era la difusión histórica. Para ello era necesaria, dada la antigüedad del lenguaje, la transcripción y la modernización de los textos sin adulterar sus características, sus rasgos sobresalientes y por supuesto, el contenido,  a la vez que permitiendo la fácil lectura de los mismos. Por otra parte “valga aclarar que la modernización no ha ignorado el posible interés que puedan tener los filólogos en una publicación de documentos correspondientes a la primera mitad del siglo dieciocho”, indica Caro Costas en relación al proceso de transcripción (Técnica de la modernización, Luis Rodríguez Morales y Aída Caro Costas. Actas del Cabildo del 1730-1750).

Además de las dificultades ya mencionadas, se sumaban la ortografía, el léxico y las peculiaridades lingüísticas de la época. No obstante, de hecho, se observaron las reglas para los documentos del siglo dieciocho preparadas por Tomás Navarro Tomás, lingüista y filólogo español estudioso de la lengua materna en Puerto Rico (Nota introductoria en el II Tomo de las Actas del Cabildo, 1751-1760) y las Normas de Transcripción y Edición de Textos y Documentos editado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid, 1944 (Nota en las Consideraciones en torno a la edición de las Actas Capitulares, 1761-1767). Una vez conjurados los tropiezos, a fuerza de empeño y dedicación, y observando cautelosa y fielmente las reglas establecidas, al finalizar el año de 1946 ya estaban transcritas y mecanografiadas las Actas de los dos primeros y más antiguos tomos (1730-1750  y 1750-1754) guardados en el Archivo Histórico.

Los Congresos, las Actas y el Árbol de la Fraternidad Americana

                                                       

Si fue una empresa indiscutiblemente histórica de por sí, debemos igualmente contextualizar la misma como publicación oficial -Actas del 1730 al 1750- del gobierno municipal puertorriqueño presentada en el Cuarto Congreso Histórico Municipal Interamericano llevado a cabo en Buenos Aires en octubre de 1949. Tres años después, en el V Congreso celebrado en la República Dominicana en 1952, San Juan presentó las Actas publicadas correspondientes a los años de 1761 a 1767.

Estos congresos, iniciados en Cuba y  con sede en dicha antilla donde se celebró el primero en 1942, tenían como meta afianzar lazos entre los gobiernos americanos. El entusiasmo generado por las proyecciones y las posibilidades que los mismos auguraban motivaron, a raíz del congreso inicial, la creación de un organismo permanente denominado Instituto Interamericano de Historia Municipal e Institucional. Las Actas publicadas serían el vehículo para “el acercamiento de los pueblos americanos a través del conocimiento y el estudio de sus respectivas historias  y el afán de obtener la mayor divulgación posible de la documentación encerrada en estas antiguas Actas, haciéndolas asequibles y comprensibles no solo a profesores y técnicos en la materia, sino también a la juventud que se inicia en el estudio de las disciplinas históricas y al gran público lector de nuestros pueblos” (Luis Rodríguez Morales, Consideraciones en torno a la edición de Actas Capitulares, Actas del Cabildo del 1761-1767).

La XXXI Resolución del Segundo Congreso reunido en Nueva Orleans en 1947 había establecido, gracias tanto a las gestiones de la delegación puertorriqueña como a la invitación extendida por el congreso, la selección de Puerto Rico como sede del Tercer Congreso a llevarse a cabo el 14 de abril de 1948. A tales efectos fueron creadas en San Juan dos entidades ese mismo año: la Comisión Nacional Organizadora del Tercer Congreso integrada por personalidades de distintos ámbitos del quehacer puertorriqueño y la Oficina Interamericana del Gobierno de la Capital, dirigida inicialmente por la profesora Caro Costas.

Los congresos fueron un acontecimiento interamericano sin precedentes cuyo gran logro, en el congreso de Puerto Rico, fue el compromiso sellado con un acuerdo entre las municipalidades de publicar las Actas antiguas de las ciudades americanas participantes. En palabras de Rodríguez Morales, «el III Congreso Histórico Municipal Interamericano celebrado en Puerto Rico proporcionó el estímulo culminante a la publicación de las Actas” (Nota en Consideraciones en torno a la edición de Actas Capitulares, Actas del Cabildo del 1761-1767).

Seguido de festejos y actividades, el 14 de abril de 1948 a las cinco de la tarde en la Plazoleta de las Monjas  -la más antigua de  nuestra capital-  frente a la Catedral y el Convento, se inauguraba oficial y simbólicamente el Tercer Congreso en San Juan con la siembra en el centro de la plaza de un caobo de 30 pies de alto proveniente de un vivero del Departamento de Agricultura. Bautizado Árbol de la Fraternidad Americana, respondiendo a la fecha de la siembra como el Día de las Américas, se replantó el caobo en un hoyo de cinco pies de profundidad mientras cada uno de los delegados de Chile, Cuba, Brazil, Uruguay, Bolivia, Argentina, Venezuela, Colombia,  El Salvador, Guatemala, Honduras, Haití, Santo Domingo, México, Nicaragua, Panamá, Perú, Paraguay y Estados Unidos, derramaba sobre las raíces del árbol hermanándose con la nuestra, la tierra traída de sus respectivos países en cofres de madera con los colores nacionales.

Las Actas del Cabildo de San Juan constituyen una de nuestras fuentes históricas primarias más importantes, y como tales, incuestionables merecedoras de una nueva edición impresa tal vez limitada para nuestras universidades y entidades culturales. Igualmente, sin exclusión de su impresión y a tenor con los tiempos, digitalizarlas. Por su parte, tanto los otros congresos como el Tercer Congreso Histórico Municipal Interamericano celebrado en nuestra capital ameritan un estudio de su impacto en nuestra cultura histórica y sus aportaciones en el contexto de las relaciones con las municipalidades que aquí se reunieron.

Transcurridas las décadas después de estos eventos, en el año 2007, en conversación con la Dra. Aída Caro Costas -ausente hoy en su dimensión física- recordaba ella, cuando trabajaba muy de cerca con Felisa Rincón y su hermana Finí Rincón en la década de 1940, que el segundo nivel de la Casa Alcaldía en aquel entonces de los congresos, albergó una rica biblioteca en cuyos estantes estaban las Actas publicadas de los distintos países, las ponencias presentadas en cada congreso y los libros que posteriormente a lo largo de los años fueron objeto de mutuo intercambio entre las  municipalidades.

Anualmente, y sin una tarja que lo identifique y cuente su historia, desde 1948 y sin pausa hasta el día de hoy, el caobo reverdece. Quiero pensar que algo trata de decirnos.

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