El vínculo entre el dramaturgo Roberto Ramos Perea y el maestro del teatro puertorriqueño, Francisco Arriví (1915-2007), llegó a ser tan cercano que cada vez que lo menciona se refiere a él como el “viejo”. En algunas instancias, lo nombra “Paco”, manteniendo el mismo tono de confianza.
“Era como un padre para mí”, advirtió Ramos Perea poco después de establecer que fue su discípulo sin que hayan coincidido en ningún espacio educativo. “Fui como una especie de protegido, de aprendiz de la obra del viejo desde el año 81, 82… por allá”.
“Asistía mucho a la casa de Paco, nos sentábamos en el balcón y estábamos largas horas. Allí compartía con él, con su hijo Paquito, que era como un hermano para mí; con doña Betty, la esposa de Paco, y a veces había que buscar al viejo, o llevarlo a sitios, acompañarlo a actividades, y no tenía ningún problema con eso, me consideraba como parte de la familia. A veces me peleaba con el viejo, y cuando el viejo se peleaba conmigo era terrible… Teníamos diferencias, porque soy independentista y él era popular. Pero, íntimamente me sentía como un hijo del viejo. Era una relación de hijo con papá”, compartió.

Esta relación entre dramaturgos nació de un acercamiento espontáneo por parte del autor de la obra Vejigantes con quienes le precedían en el ímpetu por desarrollar un teatro nacional puertorriqueño. “Empezamos a conocernos, empezamos a reunirnos; teníamos por costumbre reunirnos en unos cafés de Santurce con el distinguidísimo y siempre admirado Manuel Méndez Ballester (1909-2002), quien también fue una especie de maestro y de sabio guía para aquellas generaciones”. En ese grupo, igualmente se encontraba Enrique Laguerre (1906-2005), autor del clásico literario La llamarada.
“Mi época con Paco data de muchos años, y la constancia y la consistencia de la comunicación entre nosotros, Paco, Manuel Méndez Ballester, Enrique Laguerre, a quien conocí y con quien trabajé, pues fue muy estrecha, muy íntima en lo que a la literatura se refiere, y sembraron en nosotros unas semillas de continuidad, unas semillas, no solo de cariño, de afecto, de admiración mutua, sino de respeto”, valoró el director del Instituto Alejandro Tapia y Rivera. “Entre nosotros, muchos de las generaciones jóvenes de dramaturgos, había un gran respeto por el trabajo que hacíamos. Nosotros íbamos a ver sus obras y ellos iban a ver las nuestras, y recuerdo como una experiencia maravillosa el haber tenido a Manuel Méndez Ballester, Enrique Laguerre y Francisco Arriví, en la quinta fila de la Sala de Drama del Centro de Bellas Artes viendo mi obra ‘Melodía salvaje’, y recuerdo cuando se acabó la obra que los tres vinieron donde mí a darme un abrazo por lo mucho que les gustó”.

Con su distintivo tono de voz grave y firme, Ramos Perea destacó la aportación de Arriví en la dramaturgia puertorriqueña por su valentía, arrojo y su especial preocupación por mantener la esencia que define a quienes nacieron en esta isla caribeña.
“Francisco Arriví era un dramaturgo con unos coj… que no he visto en ningún autor de este país. Aún con toda su ideología estadolibrista, aún con todo su bagaje personal, que era bastante pesado, Francisco Arriví tenía una valentía, un coraje, una audacia, una franqueza y un deseo de vivir a la altura de sus valores y a la altura de lo que pensaba, que era para mí verdaderamente admirable”, subrayó el también director escénico. “Yo bajaba la cabeza cuando ese hombre hablaba y mucha gente no le quería escuchar precisamente por eso, porque Francisco Arriví no se le quedaba callado a nadie, además de que hablaba hasta por los codos”, añadió Ramos Perea.
Arriví, también poeta, guionista y gestor cultural, falleció el 8 de febrero del 2007. Para entonces, según contó Ramos Perea, el hijo Paquito le solicitó que despidiera el duelo.
“Dije una cosa bien importante allí y a mucha gente le molestó, porque con Paco se fue muy injusto, con Francisco Arriví se fue muy severo, sobre todo para el mismo gobierno para el cual él trabajaba y después el gobierno Nuevo Progresista, y cuando el viejo estaba como cadáver en su ataúd en el cementerio, dije, ‘Aquí estamos enterrando a un hombre, pero estamos sembrando una idea, y a mí esta idea no se me ha ido de la cabeza: la idea de crear un teatro nacional que sea la voz de nuestro tiempo, que sea la denuncia de nuestros males, que sea el grito de nuestra revolución y eso quizás fue lo más que aprendí del viejo, esa manera franca y audaz de decir las cosas’”, expuso.
“Francisco Arriví fue el primero que va a hablar de una industria teatral puertorriqueña, de la obligación de un gobierno, como lo fue el gobierno del Partido Popular Democrático y de Luis Muñoz Marín, de fomentar aquellas obras que llevaran adelante el espíritu de la puertorriqueñidad, que llevaran adelante esa esencia del ser, de lo que somos” – Roberto Ramos Perea, dramaturgo
Ramos Perea señaló como una “injusticia histórica” que el Centro de Bellas Artes (CBA) en Santurce no lleve el nombre de Francisco Arriví, sino el del gobernador Luis A. Ferré (1904-2003). “Él fue el que lo ideó, él fue el que lo planificó, él fue el que lo soñó y lo peleó, y él fue el que estuvo ahí dando su vida, su propiedad, su caudal, su energía, su salud, para que ese CBA estuviese ahí, y en ese sentido tengo que admirar a este hombre y seguir proclamándolo como el padre del teatro puertorriqueño contemporáneo, de la misma forma que declaro a Alejandro Tapia y Rivera como el padre de nuestro teatro en el siglo 19”, puntualizó.

La defensa de la puertorriqueñidad desde el espacio teatral, permanece. Es parte del legado de Arriví a las generaciones que actualmente están activas en el arte escénico, de acuerdo con Ramos Perea. “Aquí hay un caudal de dramaturgos que está echando el resto, que está poniendo sus valores para defender los valores nacionales”, dijo.
Ramos Perea procura que ese legado siga presente, tanto desde el teatro, como la televisión y el cine. En esa dirección se dio la aprobación por parte del director ejecutivo del Instituto de Cultura Puertorriqueña, Carlos Ruiz Cortés, y del director del programa de Artes Escénicas, Ismanuel Rodríguez, de una propuesta para presentar todos los años la puesta en escena de una obra del viejo en el teatro que lleva su nombre.
“Esa acogida me llenó de mucha felicidad, porque finalmente alguien pudo reconocer que el viejo merece ser recordado todos los años en el mismo teatro que lleva su nombre”, resaltó, quien, entre otras, llevó a escena la pieza Bolero y plena, como parte de ese proyecto teatral, «Arriví en el Arriví».
El dramaturgo, asimismo, trabaja en otras iniciativas que le den una mayor visibilidad a las obras de sus otros maestros. A partir del 2025 comenzará a celebrar el bicentenario del nacimiento de Alejandro Tapia y Rivera, que se cumple en el 2026, y proyecta trasladar al cine el clásico Tiempo muerto, de Méndez Ballester.
“Espero que el próximo director de WIPR (Corporación de Puerto Rico para la Difusión Pública) pueda abrirme las puertas para seguir llevando esos clásicos de la literatura”, enunció para concluir.


