La balacera comenzó menos de una hora después del desembarco. Una vez izada la bandera invasora multiestrellada, doce soldados españoles al mando del teniente Enrique Méndez López dispararon sus viejos rifles Remington contra una brigada y once buques de guerra.
Fue, sin duda, una maniobra descabellada, solo imaginable en términos de un férreo deber por cumplir. Un puñado de soldados españoles se enfrentaban a un impresionante ejército invasor estadounidense.
La contraparte reaccionó de inmediato. Los cañones del Gloucester y los rifles de los soldados en tierra acallaron rápidamente la exigua resistencia. Poco después, el teniente Méndez y dos de sus compañeros cayeron heridos. Los restantes montaron en sus caballos y partieron rumbo a Yauco, donde esperaron refuerzos para resistir la anunciada invasión para la cual llevaban varios meses preparándose.
En Yauco, los soldados españoles, reforzados con voluntarios, guardias civiles y efectivos de Peñuelas y Guayanilla, se preparaban para el inminente avance americano. El Capitán Salvador Meca, sin esperar refuerzos, marchó en dirección a Guánica, y a la altura de la hacienda Desideria logró detener el avance de la 6ta Compañía de Illinois.
Durante esa madrugada, cinco compañías estadounidenses fueron movilizadas sigilosamente al lugar. Al amanecer iniciaron el avance en conjunto, recibiendo fuego de los españoles, apostados ventajosamente en una loma desde donde controlaban ambos lados del camino a Yauco.
Cuatro soldados americanos resultaron heridos y más hubieran sido las bajas, si los españoles no hubieran replegado sus tropas hacia el Norte. El combate duró alrededor de cuarenta y cinco minutos. Los estadounidenses desconocían que la estrategia de los defensores era solo tantear las fuerzas y la organización de los invasores.

Las fuerzas estadounidenses titubearon ante la estrategia española. Solo podían ver el movimiento intermitente de sus enemigos, ya para entonces reforzados efectivos regulares procedentes de Yauco.
Durante la noche, corrió entre las tropas invasoras el agrio rumor de que los españoles habían barrido a una de sus compañías. Los bisoños voluntarios se aferraban a sus fusiles, acosados por el enervante silencio de la espera y tentados por la dulce curvatura de los abundantes mangos que colgaban de las copas de los árboles.
Indecisos, los oficiales estadounidenses optaron por esperar veinticuatro horas antes de avanzar definitivamente a Yauco: un tiempo valioso que no supieron aprovechar los defensores.
Los soldados españoles se habían reorganizado en Yauco bajo el mando del teniente coronel Francisco Puig. El saldo de la breve batalla había sido de siete heridos y tres muertos. Durante la noche, algunas tropas buscaron a los voluntarios que habrían de ayudar en la defensa. Pero pocos puertorriqueños aparecieron. Quedó a los soldados españoles la defensa de Yauco.
Mientras Puig y sus hombres se organizaban con ánimo para el combate, desde San Juan comenzaron a llegar inexplicables telegramas ordenando su retirada, a Ponce primero, y a Adjuntas más tarde. El tecleteo del telégrafo se volvió exasperante: se les ordenaba retirarse cuando entendían que debían luchar y que podían ganar.
Puig difería de sus superiores e intentó retrasar el cumplimiento de las órdenes recibidas. Entendía que su posición era ventajosa, la moral alta y que podían hacer mella en el enemigo. Como resultado, mantuvo una línea de defensa justo al norte del lugar de la escaramuza inicial.
Pero los irritantes telegramas continuaban minando sus mejores intenciones. En vez de solicitar informes de las tropas enemigas ni de la situación de los defensores, sus superiores solo ordenaban la retirada. Puig entendía, y así lo manifestó, que era una gran vergüenza dar la espalda a un enemigo que demostraba tan poca decisión en el ataque, e hizo cuanto pudo por retrasar la retirada.
A las diez de la mañana del 26 de julio, Puig replegó todas sus tropas al pueblo de Yauco. Allí le esperaba otro tajante telegrama, que leía textualmente: “Ferrocarril a Ponce cortado, probablemente a la altura de Tallaboa; regrese por Adjuntas y Utuado sobre Arecibo. Disuelva voluntarios, destruyendo armamentos con fuego de hogueras”.
El alto mando español, desde sus castillos capitalinos, evidenciaba confusión. Creía que el desembarco por Guánica era solo una trampa para atraer la atención de los defensores. Por días, se especuló un ataque frontal y definitivo por Fajardo, ataque que nunca llegó.
La estrategia del Alto Mando era retirar las tropas hasta crear una media luna defensiva imaginaria desde Arecibo a Río Grande, cortando por Asomante y Guavate. Mientras tanto, los invasores se movían rápidamente a Ponce y Arroyo por mar, y sobre Yauco, Hormigueros, Guayama y Coamo por tierra.
El 27 de julio a las nueve de la mañana, el teniente coronel Puig inició la retirada involuntaria. Poco después, un último telegrama recibido en Yauco: «Si queda algún patriota leal en ese pueblo, llámenlo al aparato». El secretario municipal, Antonio Labrés, informó al gobernador que la tropa se había marchado, que el regimiento procedente de Mayagüez no había llegado y que los americanos se aproximaban. El gobernador ordenó que el telegrafista destruyera el aparato, cerrando su comunicación con un escueto «Que Dios lo ayude». El 27 por la tarde entraron a Yauco las fuerzas americanas sin enfrentar resistencia alguna.
La tropa de Puig partió rumbo a Peñuelas, pasando la noche en el barrio Pasto. El 29 muy temprano tomaron el camino a Adjuntas dentro del plazo de tiempo ordenado por sus superiores. Puig ordenó paso forzado, dejando atrás pertrechos y mochilas que quedaron regados a lo largo del camino. La moral de los soldados cayó a su punto más bajo, rayando en la desesperación ante el cumplimiento forzoso de órdenes incomprensibles que los colocaban en el triste y deshonroso rol de evadidos.
Camino a Adjuntas, Puig se percató de que había perdido los telegramas donde se les ordenaba esta retirada que tanto resentía. Desprovisto de órdenes y ante el temor de que estas cayeran en manos enemigas, mandó al teniente Rafael Colorado a marchar de vuelta a todo galope a recuperarlas. Colorado no tuvo éxito y Puig se resignó a pensar que los telegramas se habrían perdido en el camino. Una preocupación, tal vez una premonición, le acosaba, entre la pesadez de una lluvia que no cesaba.
Llegaron a Adjuntas aún bajo la lluvia, donde escucharon noticias de que un contingente enemigo marchaba hacia el pueblo desde Ponce. La tropa tomó posiciones defensivas, pero al percatarse de que Adjuntas no corría peligro, continuaron rumbo a Utuado.
Una nube les perseguía, y llegaron a Utuado entripados, en precarias condiciones y sin haber ingerido alimentos. Después de haber sostenido posiciones de combate por más de veinticuatro horas, la tropa cruzaba la Isla de norte a sur, sin pertrechos, sin descanso y sin comida.
Ya en las afueras de Arecibo los recibió una banda de música, una comisión de la Cruz Roja y varios oficiales. Entre ellos se encontraba el teniente coronel Ernesto Rodrigo, enemigo personal de Puig, quien le entregó un telegrama firmado por el Jefe del Estado Mayor donde se le ordenaba entregar el mando y dar cuenta de todo lo sucedido desde el combate de Yauco.
Puig procedió a cumplir con lo estipulado, estableciendo que su retirada era producto de órdenes telegráficas enviadas de San Juan. Pero pronto se vio acosado por interrogantes inquisitorias. En nuevos telegramas del Estado Mayor se le criticaba duramente, haciendo alusión a su «marcha desastrosa» y citando ordenanzas militares que podrían aplicarse en su contra.
Sin los telegramas donde se le ordenaba la retirada, Puig dependía de la entereza de sus superiores, que ahora eran también sus acusadores. Súbitamente, el gallardo teniente coronel se encontró desprovisto de defensa y relegado al papel de traidor negligente y cobarde.
Algo muy grave estaba pasando y Puig era el chivo expiatorio. El 31 de julio, el Ministerio de Guerra español telegrafiaba al gobernador lamentándose de que, luego de una valerosa resistencia inicial, «ha seguido una depresión de energía y un decaimiento de espíritu en nuestras tropas, evidenciado por la retirada de Yauco sin nueva resistencia y por la pasividad con que se efectuó el desembarco del enemigo en Ponce…»
Puig fue utilizado para encubrir la ambivalencia y la incompetencia del alto mando militar español en la Isla. De buenas a primeras, era Puig y no sus superiores el culpable de los avances americanos a Ponce, Yauco y otras ciudades del litoral sur.
Esa noche del 1ro de agosto, Puig sufrió el amargo insomnio de la injuria. De madrugada, vistiendo su uniforme y todas sus armas, salió rumbo a la playa de Arecibo. Una vez allí, clavó su sable en la arena y, apoyando su mano izquierda en la vaina de acero, se disparó un tiro en la sien izquierda. Al caer, el peso de su cuerpo dobló la vaina del sable. Así quedaron, sable y hombre, unidos en honor hasta la muerte, ante los ojos atónitos del pescador que descubrió el macabro escenario al amanecer.

Don Francisco Puig murió con su honor intacto ante los desvaríos de sus superiores, que desde San Juan añadían incompetencia a la ya consabida inferioridad militar española. Varias generaciones más tarde, sus descendientes puertorriqueños habrían de lograr en España su justa reivindicación. Como Puig, hubo otros soldados, muchos anónimos, que han legado honor y heroísmo a la historia de Puerto Rico.
Los que han sido vencidos sí cuentan con héroes, que, aunque olvidados entre los despojos de un imperio derrotado, supieron neutralizar el amargo desencanto de la derrota con sus elocuentes muestras de lo mejor de su honor y lealtad patria.
Basado en un escrito del autor publicado en Puerto Rico Ilustrado/El Mundo el 24 de julio de 1988. Dedicado a Don Pedro Puig i Brull, amigo y colaborador del Dr. Ricardo Alegría, cogestor del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, y nieto del Teniente Coronel Francisco Puig.
Imagen principal: Comandantes del vigésimo quinto batallón de la guarnición Alfonso XII en Arecibo.



Muy Interesante y parte de nuestra Historia!