El cuento del edredón

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Por Elsa Tió

En está época navideña, donde la ternura, la bondad y la generosidad renacen, viene como anillo al dedo contar lo que sucedió hace muchos años en Arecibo en la casa solariega de Trina Padilla de Sanz, mejor conocida como “La Hija del Caribe”.  A los que no la conocieron, deje que se las presente con sus propias para palabras .

“Yo nací enamorada del Arte, y siempre estoy enamorada de todo aquello que impresiona mi imaginación, de la lluvia, del árbol, de los nidos, de los seres de talento, románticos, como yo, de los niños, que adoro, de las flores, de la vida, en fin, que amo con todos sus dolores: amo todo lo bello, todo lo hermoso, odio lo vil, la doblez, la mentira, y sobretodo, amo el silencio”. 

Amaba el silencio porque amaba la música; profesora de piano fue durante cuarenta años en su amado pueblo de Arecibo, a la gente de carne y hueso. Eran los tiempos malos de la pobreza extrema y en ese contexto, entre los muchos relatos de los personajes de su pueblo que Trina tendía su mano amiga, el cuento del “edredón abriga esperanza y nos muestra su personalidad.

Resulta que los sábados visitaba la casa de doña Trina “la mujer de los helechos”, que era uno de los muchos personajes de pueblo. Por esos días, Trina había cumplido años y una amiga le había regalado un hermoso edredón de seda rosa, justo a tiempo para sustituir su ya envejecido y destartalado edredón.

Al llegar “la mujer de los helechos” cargando su bebé en los brazos, saludó a Trina y se sentó como solía hacer al final de la galería de la casa, pero Trina la observaba y se le acercó preguntándole si pasaban frío por la noche y su mirada y su gesto afirmativo fueron suficientes para no cruzarse de brazos.

Ante la situación de la mujer, Trina le pidió a su hija, Malín, que le trajera el edredón y su hija, con más sentido común que generosidad, le trajo el viejo y poco atractivo edredón, aunque todavía útil. Pero Trina desaprueba el encargo y le dice que le trajera el nuevo. Por lo que el nuevo y reluciente edredón pasó a la mujer de los helechos, y el viejo regresó, -no sin cierto aire de victoria moral-, a cubrir la cama de Trina.

Esa generosidad la acompañó siempre, y solía repetir, “que fácil es hacer sentir feliz a otros”. Exactas fueron las palabras de Doña Margot Arce de Vázquez cuando en una semblanza en honor a Trina expresara, “No la deslumbraron los lujos, ni la vida frívola, sabía distinguir lo accesorio de lo fundamental, tenía un corazón generoso abierto, conocía el olvido de sí”.

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Trina y su estrecho vínculo con el pueblo arecibeño

Sin más internet que la poderosa red de un corazón generoso, sin más riquezas personales que la de su empeño genuino en mejorar al país, y a la gente de su amado pueblo, Trina se ganó la amistad y afecto no sólo de las grandes personalidades políticas, literarias y artistas, sino también de los múltiples personajes y de su pueblo de Arecibo; a quien les abría la casa y el corazón en momentos de necesidad, huracanes, crecidas del río etc.

Uno de esos momentos se dio durante el Huracán San Ciprián, en la que le pide ayuda a José y Juan, que eran parte de la servidumbre de la casa para que les comunicara a las familias que vivían en las márgenes del Río Grande de Arecibo en La Puntilla, que podrían refugiarse en su casa.

Y a la casa llegó una larga fila de mujeres con sus hijos al hombro y de hombres que cargaban algunas de las pertenencias. Para ellos se abrieron las dos habitaciones próximas a las galerías. El huracán barrió La Puntilla y el Río Grande se tragó y barrió los techos con todo y zinc.  Pero no el agradecimiento que se dibujaba en los rostros de aquellos buenos arecibeños luego de pasado el peligro”.

Su gran amigo el pintor José R. Oliver  dejó constancia de esto: “La casa de Trina era el lugar del contacto para el intercambio cultura .Y era  también hospitalario para recibir a los personajes mas pintorescos y trashumantes de las calles de Arecibo , el cartero “Mayías”, divulgador de los acontecimientos sociales, el espiritista, el limpiador de pisos, la vendedora de helechos, los revendones, los mendigos, el quincallero. Todos y cada uno de ellos recibía un trato y atenciones de respeto porque para ella, su máxima era hacer felices a los demás. Por eso nunca se cansó de sembrar la bondad en su largo recorrido por la

Amiga fue de varias generaciones de patriotas, entre ellos los heredados de su padre, y nuevas generaciones que van a ver en ella un árbol de raíces muy profundas que protegía y defendía nuestra identidad. Junto a ellos afirmó una patria en acecho. Sus ideales la impulsaran a luchar en defensa de nuestra sustancia nacional, de nuestra cultura, y lengua materna. Sus artículos en la prensa, su participación en organizaciones feministas, cívicas y educativas  hacen que mantenga una presencia respetada, por eso desde la política, sin ser política, y desde su amor al país influye en la primera mitad de Puerto Rico  del siglo XX

Nació en Vega Baja un 7 de febrero de 1864, muere en su querido pueblo de Arecibo en 1957. Ser hija de José Gualberto Padilla, prestigioso y venerado médico y poeta, conocido por su seudónimo de El Caribe, va a determinar su carácter, su sentido del deber, del honor, de justicia, de templanza ante la adversidad. Además de heredar un amor profundo hacía su país.

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