La Hija del Caribe y Julia de Burgos: un encuentro poético  

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Por Elsa Tió

Las poetas Julia de Burgos (1914-1953) y Trina Padilla de Sanz (1864-1957), sin sospecharlo, se habían encontrado en verso, mucho antes de conocerse personalmente. Ese primer encuentro no fue físico, sino literario y lo destaca la doctora Priscila Rosario al citar en su libro sobre Trina, dos fragmentos en que los versos de ambas poetas, aunque distanciados en el tiempo en que fueron escritos, coinciden, en su novedosa similitud por la visión feminista en la que ambas se sueñan hombres.  Trina en el 1926 en su poema titulado ‘Vieja canción”, deja constancia de su deseo: “Quisiera volverme heroico soldado/ y entrar a la batalla vibrando el acero”.

Y Julia doce años más tarde, en 1938 coincide en esas mismas ansias: “Hoy quiero ser hombre. Me queman las ansias/ de ser aguerrido y audaz capitán”. Ambas, nacidas en realidades y ambientes muy diferentes, se sienten mujeres guerreras en su amor por defender a Puerto Rico. Poemas – manifiesto en la que reclaman la libertad de acción de la mujer. La voz suprimida del feminismo del siglo XIX empezó a cantar claramente en el Puerto Rico del siglo XX. Pero faltaba el encuentro personal, que se dio en casa de doña Trina, en 1939, en Arecibo gracias al poeta nacional Luis Llorens Torres (1876-1944), muy amigo de La Hija del Caribe, que le lleva a Julia a su casa, para que se conocieran.

Aunque venían de diferentes clases sociales, las unía un fervor patriótico y un amor por las palabras poetas, ambas eran independentistas y miembros activos del Partido Nacionalista.  Trina fue amiga fue de varias generaciones de patriotas, entre ellos los heredados de su padre, José Gualberto Padilla “El Caribe”, y de nuevas generaciones que van a ver en ella un árbol de raíces muy profundas que defendía nuestra identidad, la cultura, en todas sus manifestaciones. Sus artículos en la prensa, su participación en organizaciones feministas, cívicas, políticas y educativas hicieron que mantuviera una presencia respetada.

Trina llevaba una vida intachable a la usanza de las viejas matronas. Pero eso no fue razón para no solidarizarse con la poeta y esa visita fue una forma de respaldar su talento, que muchos por prejuicio, no entendieron en su época. Pero Trina, que quedó deslumbrada y entendió la importancia y la calidad de esa nueva voz “audaz, e inédita” de la cual no se sintió ajena. Se admiraron mutuamente. Trina había conocido también luego de la invasión la lucha por la vida, y su viudez, se había encargado del sostén de la familia y se sentía “obrera en el trabajo” como ella. Ese día Julia le obsequió a Trina su poemario titulado, Poema en 20 surcos, con una dedicatoria que refleja la admiración que la joven poeta sentía por la matriarca defensora de la identidad y cultura de Puerto Rico:  «A La Hija del Caribe, prócer de la dignidad de esta tierra con admiración, La Autora

En una ocasión, Nilita Gastón expresó: “Aunque Trinidad Padilla al morir era casi centenaria, no fue nunca vieja”. Eso ha pasado con los versos de Julia y no envejecen, y hacen sentir a un pueblo joven en sus sueños y anhelos, y eso lo supo ver Trina. Julia de Burgos muere en Nueva York a los 39 años. Poeta de corta vida, y larga presencia, parece “sombra salida de su sombra” como dice uno de sus versos. Imprime en su poesía un hondo sentido patriótico y afroantillano, que siguen influyendo en la psiquis colectiva; entre ellos su Rio Grande de Loíza, que es de todos, que viaja imperturbable por el cauce de nuestras venas y hace latir el corazón isleño. Y hoy somos mas patria porque tú nos cantaste.

El poema testimonial que Trina Padilla le dedicó a Julia de Burgos un año antes de dicho encuentro en Arecibo:

A Julia de Burgos

Te admiro Julia de Burgos: he leído tus versos

si hay quien no los entienda los he entendido yo

tus versos son audaces, y por eso te admiro.

Si te atacan los necios y censuran, yo no.

Son versos insólitos, algo nuevo, exquisito

con rabias de amapolas y sonrisas de sol.

Y por eso te digo que te aplaudo y te admiro

porque eres una aurora completamente inédita,

completamente virgen, y te lo digo yo.

Hembra fuerte y fecunda curtida en mis labores,

desdeño los prejuicios hipócritas, y soy

si mística y romántica para el deber, heroica,

interpreto a Beethoven y a Chopin con amor,

leo a Hugo y a Shakespeare, a Cervantes, a Zola

y con la luz del alba me ves ante la lumbre

joyante y luminosa de mi humilde fogón.

Al tocar a mi puerta

temblando el infortunio

tomé de mi barquilla el remo y el timón,

y por eso te admiro, porque eres sana y fuerte

y presentas el alma desnuda como yo.

De Isabel y Teresa, de Juana y de Cornelia

propago las virtudes y obrera en el trabajo

laboro por la patria, y por mirarla libre

diera mi corazón.

Odio lo vil, lo infame, la traición, la calumnia,

y doquier que siento gemidos de dolor

con mis penitencias tocas y mis plegarias

acudo presurosa y al niño y a la estrella

y a la nube y a la rosa

y al arte y al poema adoro con pasión.

En tus versos descubro nuevo nacer de auroras

inusitada cuerda de bronce que enlazo

en mi lira «El Caribe», tu antepasado ilustre

y como él la patria la defiendes tú y yo.

Canta nueva poetisa con tu astro sublime

porque eres como dices y como tú soy yo.

La Hija del Caribe (Arecibo, marzo de 1938)

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