José Gualberto Padilla “El Caribe”: anécdotas de un líder cívico torpemente olvidado

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Tiempo de lectura 7 minutosPor: Elsa Tió

José Gualberto Padilla, “No solía escribir en su mesa de estudio, como los demás poetas. Sus mejores versos los escribía en la soledad de los caminos, mientras viajaba. Tenía caballos propios, de muy cómodo y seguro andar, usaba unas monturas que le permitían ir en ellas cómodamente sentado. Y al salir de las poblaciones requería papel y lápiz, soltaba las riendas, y escribía los versos que acudían a su mente fáciles, robustos, intencionados y de admirable plasticidad.” Según narra Manuel Fernández Juncos.

Esta descripción nos permite imaginar a Padilla como un poeta-jinete, que escribió a paso fino y certero convirtiendo el lomo de su caballo en su escritorio y el paisaje en su habitación. Ensillo sueños y cabalgo con sus palabras briosas y libres, escribiendo poemas olorosos a campo por entre la naturaleza que tanto amo, o cortantes como machete cuando se trataba de defender a la patria.

Caricatura de José Gualberto Padilla “El Caribe”

Ser médico lo llevó a viajar constantemente por los pueblos limítrofes de Vega Baja, recorriendo caminos que le permitieron llenarse los ojos de paisaje. Padilla se dejó enamorar de la naturaleza, lo que le permitió años más tarde escribir su magistral e inconcluso Canto a Puerto Rico, en el que exalta y describe con admirable precisión y belleza, cada detalle de los frutos y árboles de nuestra campiña.

Sin embargo, es con sus versos satíricos titulados Para un Palacio, un Caribe, que Padilla surge como figura protagónica en la forja de nuestra conciencia nacional en el siglo XIX. La poesía al servicio de su pluma justiciera hizo historia al defender la dignidad de los puertorriqueños. Con su sátira implacable e ingeniosa se ganó el respeto y la admiración del pueblo, de la mujer, del negro, de los que no tenían voz por su valiente y apasionada defensa a favor de los débiles y olvidados.

José Gualberto Padilla, también conocido por el seudónimo literario de El Caribe, es reconocido por su amigo, el doctor Cayetano Coll y Toste, (Arecibo, 1850-1930, Madrid), como un eminente médico, próspero agricultor y excelente poeta. Lo retrata de la siguiente manera: “Era un hombre hermoso, alto, vigoroso, simpático, de cabellera y mostachos rubios y retorcidos a lo galo, complexión fuerte, ojos verdes y chispeantes… Al poco tiempo de hablar con él, comprendíamos que teníamos delante un hombre de espíritu superior. Lo que llamaríamos hoy un superhombre. Vestía diariamente de drill blanco con levita de la misma tela y poseía un físico imponente y una pluma magistral y combativa”.


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Sobre los rasgos de su carácter dice su amigo Manuel Fernández Juncos (Oviedo, España, 1846-1928, San Juan), en el prólogo del poemario de Padilla titulado El Combate: “Era de carácter enérgico y generoso, muy altivo con los engreídos de fortuna o de poder, y franco, liberal y tolerante con los demás; constante con el trabajo, compasivo con los infelices y heroico en la lucha combatiendo el dolor ajeno”.

Por su temperamento de hombre cabal, nunca hizo uso de su pluma para la adulación. En ocasión de recibir una petición de la esposa del general Julián Pavía (1867-1868), gobernador de Puerto Rico, para que escribiera en su álbum un poema, y viendo Padilla los elogios desmedidos que, en él había, le escribió la siguiente estrofa: A la lisonja mi humor esquivo/ no brindo flores que aroma den; /en mis jardines no las cultivo;/ que soy señora, franco y altivo/ como buen hijo de Borinquén.

José Gualberto Padilla, El Caribe, nace en San Juan el 12 de julio de 1829 en la calle O’Donnell, esquina San Francisco, frente a la Plaza Colón del Viejo San Juan. Fueron sus padres José María Padilla Córdoba (¿-1843, Añasco) y Trinidad Alfonso Ramírez (Venezuela, Vega Baja, 1809-1867), quienes influyen decididamente en su formación y carácter. De ellos aprende, según relata su hija Trina Padilla de Sanz, mejor conocida como La Hija del Caribe, “a ser noble y bueno con los humildes y altivo y bravo con los poderosos”.

Algunas anécdotas: alcalde ad-honorem y con puertas abiertas

Padilla se estableció con su familia en Vega Baja donde inicia su carrera como médico titular el 21 de marzo de 1857. Allí se dará a conocer y apreciar cómo médico cirujano, hacendado y poeta. Comienza su vida profesional ganándose el afecto y la devoción de aquellos a quienes atendía sin descanso. Los beneficios derivados de su hacienda, La Monserrate y su generosa naturaleza, le permiten la independencia económica para atender gratuitamente a los pobres. Esos ingresos también explican que pueda donar su sueldo en favor del municipio al ser nombrado interinamente alcalde de Vega Baja en dos ocasiones., en lo que llegaba el alcalde en propiedad

Trina Padilla de Sanz “La Hija del Caribe”, junto al cuadro de su padre José Gualberto Padilla, pintado por Francisco Oller.

Cuenta La Hija del Caribe que cuando su padre regresaba del campo por las tardes de su hacienda Monserrate, se sentaba en su cómodo sillón sin calcetines y con guayabera, se ponía un birrete negro y se sentaba en la acera de su casa, en lo que para todos los efectos era una alcaldía con las puertas abiertas. Desde allí legislaba. Así se acercaba al corazón de un pueblo, de los humildes, de los necesitados, todo el que quería algo de él venía a hablarle sin sentirse intimidado.

Una tarde sentado en la acera, llegó una pobre mujer llorosa para hablarle. Al preguntarle el Dr. Padilla qué le ocurría, ésta le contestó “Ay, doctol, me han llevado a mi hijo a la cárcel”. El Caribe le pidió a la mujer que buscara al cabo y le pidiera que este viniera hablar con él. Al llegar el cabo el Dr. Padilla le preguntó la razón del encarcelamiento del joven y este le dijo que era porque se había robado unas cañas. Padilla entonces le dijo que lo pusiera en libertad, que él pagaría la multa.” Y en efecto, el cabo soltó al muchacho y El Caribe pago la multa. Fue mucho el aprecio y cariño que le profesó el pueblo, al médico, al patriota, al hombre cabal justo y noble, por eso a su muerte los periódicos relatan que su cuerpo estuvo tres días expuesto en capilla ardiente y a petición popular, para darle su último adiós, su féretro se paseó por las calles de su amado Vega Baja.


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El Caribe, era muy buen jinete, viajaba a San Juan con cierta frecuencia en su hermoso caballo llamado Caoba, que él decía que lo comprendía, se hacía de noche y de regreso a Vega Baja al pasar por Las Marismas, que era un sitio muy peligroso entonces, un malhechor lo detuvo cogiéndole las bridas del caballo. Entonces El Caribe gritó preguntando “¿quién va?”, el desconocido, reconociendo la voz de El Caribe, contestó, “¡Ah! es usted, perdone don Pepe, no le había reconocido.” Y se alejó corriendo como un fantasma”. Recordemos que nuestro poeta visitaba a los presos y les leía poesía, y a su muerte los presos le enviaron una carta de pésame a la viuda que se publicó en la prensa, y al pasar su féretro por el calabozo los presos entonaron una oración por su alma.

El Caribe no perdía oportunidad de tender la mano amiga, o el consejo oportuno; estaba en su naturaleza ayudar a quien lo necesitara. Así lo reconoce Manuel Fernández Juncos cuando relata que fue Padilla la persona que le brindó la oportunidad para desarrollarse. Siendo muy joven Fernández Juncos llegó a Puerto Rico para trabajar. Al doctor Padilla atender al joven, que había desarrollado una infección en los ojos, por el efecto de los gases que emanaba el gas del quinqué, al Caribe le llamó la atención el interés que el joven demostraba en la lectura, por lo que, además de recetar los medicamentos de rigor, le recetó también libros, que le prestaba. Convencido de que estaba ante una gran inteligencia, Padilla sacó al joven de la tienda donde trabajaba y lo recomendó a la librería de su amigo José Julián Acosta que ubicaba en la calle Fortaleza. Así se formó el joven, vendiendo libros, oyendo las conversaciones de las tertulias de intelectuales que visitaban el local, en una especie de ateneo cultural donde se fogueó en las lides de la literatura. Fue uno de los jóvenes que siempre llamó a Padilla, El Maestro. 

 No nos extraña que…

En 1929, la revista Índice dedica un número conmemorativo en el centenario de su natalicio donde lo reconoce al expresar: “Y el sereno y altivo, solo vivió para luchar y sufrir”.

Por su personalidad carismática y por su palabra enamorada de la patria y combativa contra las injusticias, el nombre de El Caribe se dio a conocer en todo el país. Su muerte causó hondo pesar y su cadáver estuvo tres días expuesto en capilla ardiente para facilitar que sus amigos y admiradores de toda la isla le rindieran póstumo tributo. “A petición del pueblo, el féretro fue paseado por todas las calles de la población en manifestación solemne; y hasta se facilitó un tren expreso que salió de San Juan a Vega Baja para amigos y admiradores”.  En honor al patriota, en su funeral se enarboló por primera vez en un acto público la bandera de Puerto Rico. Fue un entierro en que se volcaron todas las clases sociales. Los presos, a quienes El Caribe visitaba diariamente, conmovidos por la partida “de quien había sido su médico y lector de poesía, al pasar el féretro por frente a la cárcel, entonaron una oración fervorosa tras las paredes de la prisión”.  Constancia de ese aprecio se corrobora en una nota de duelo enviada por los presos y que fue publicada en el diario autonomista El País, el jueves 28 de mayo de 1896.

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