Trina Padilla de Sanz: su influencia musical y su amor por Beethoven

Trina Padilla de Sanz
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Imagen: Trina Padilla de Sanz tocando piano en su hogar. Suministrada.

 

 Trina Padilla de Sanz (1864-1957), conocida patrióticamente como la Hija del Caribe, desde muy niña mostró pasión y habilidad para el piano. Comenzó sus primeras clases con el conocido músico y compositor arecibeño Heraclio Ramos (1831-1891).  Por su progreso y talento, a los doce años se traslada a San Juan, para proseguir estudios con el músico Fermín Toledo, graduado del Conservatorio de Madrid y profesor del Conservatorio de París.

No sospechaba entonces Trina Padilla de Sanz, que años más tarde, las lecciones de piano se iban a convertir en otra gran lección de vida. Esas teclas además de música tararearán una melodía que le servirá en el tiempo de tabla de salvación, para el sustento económico de ella y la de su familia. Pero eso ocurrirá décadas más tarde, mientras a los dieciocho años, seguirá con su educación musical, cuando en 1883, al casarse con el español, Ángel Sanz Ambrós (1860 -1911), viajarán de luna de miel a España.

Allí se quedarán a vivir en Madrid por espacio de dos años. Pero Trina Padilla de Sanz no se conformó con llevar vida de turista, o de limitarse a vivir el rol de esposa pasiva y decorativa. Su amor por la música la llevará a inscribirse en el Conservatorio de Madrid, perfeccionando su conocimiento musical. Y tuvo la acertada visión de revalidar su título de maestra de piano por segunda vez.

Vivieron en Madrid, en la época de la Restauración, que coincidió con la llegada al trono del Rey Alfonso XII. Fue un momento fértil para que la inagotable curiosidad intelectual de la joven Trina Padilla de Sanz pudiera beneficiarse del ambiente madrileño culto y refinado, como de otro ambiente cultural más pueblerino y alegre, de zarzuela, corridas de toro y verbenas con organillos y mantón de manila.

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Ambos mundos los absorbe entusiasmada, los barajea y los disfruta. Los esposos visitarán museos, asistirán a teatros, conciertos, y a tertulias donde fueron protagonistas los grandes autores del mundo literario español, como Marcelino Menéndez Pelayo, la luchadora de causas feministas Emilia Pardo Bazán, y Benito Pérez Galdós, entre otros.

Estas nuevas experiencias le abren las puertas a lo mejor de un mundo culto, facilitado por las relaciones de su marido que pertenecía a una familia de abolengo conocida en los ambientes cortesanos. De manera que no sólo perfecciona sus conocimientos de piano, también se abren nuevos horizontes para su otra pasión: la poesía, la literatura y el arte. Su amor por la música, la belleza, la cultura y el arte, definirán su espíritu y su vida.

Sin embargo, como les anticipé, el destino acabará enseñándole otras lecciones despiadadas, pero no podrán desafinar su afinada energía psíquica, cuando Trina Padilla de Sanz se enfrenta a la pérdida de su herencia, luego de la invasión norteamericana de 1898, y sufre la inesperada muerte de su marido en 1911, ya eso se suma a la pérdida del presupuesto familiar.

Pero, ante esta nueva realidad, echó mano de otra riqueza diferente, pero fundamental, su educación musical. Lo que Trina Padilla de Sanz aprendió por placer para refinar y adornar las virtudes propias de una joven entusiasta, se va a convertir en su instrumento de trabajo. Con ton y son logró el sustento de su familia y también empezará a escribir en la prensa artículos y uno de esos temas será la música de su compositor predilecto, el alemán Ludwig van Beethoven.

Trina Padilla de Sanz

SU AMOR POR BEETHOVEN

La influencia cultural de Trina Padilla de Sanz en Arecibo tuvo muchas ramificaciones, en especial la musical, que no desentonó a pesar de otro rudo golpe al sufrir una sordera tan sorpresiva como dolorosa. Pero ya tenía un largo camino trazado de maestra y se valió de las vibraciones del piano para desempeñar su trabajo. Tal vez por ello, fue una de las muchas razones que amó y admiró a Beethoven.  Con pasión lo interpretaba en el piano, y también escribía sobre su vida y su obra en revistas especializadas de música en Argentina, como en periódicos locales.

Uno de sus artículos sobre sobre este genio musical, lo publicó en el Puerto Rico Ilustrado en el 1932, aquí un fragmento:

«Hablemos de su Sonata XIV. Los sesenta y nueve compases del andante pasan lentos, conmovedores, uniformados en tresillos de corcheas, lentos, graves, todos vestidos de negro, litúrgicos, coma monjes en una procesión claustral. ¡Cómo se ve reconstruir la escena en que tomó origen! La noche romántica, melancólica, la luna caminando toda plateada, como una novia que espera la cita de su amante en el lago, en que se refleja.

EI amoroso rondel se repite en interminables gradaciones, pasa. ¡Qué dulzura pone en el alma! iQué unción, qué sabor a ceniza en los labios!, ¡Qué perfume de incienso en el olor a cirio en las notas sonoras!, iQué placidez en el ambiente!, ¡Qué sensación de frescura, qué anhelo de ser bueno! Cómo se revela en ese Andante la religiosidad de la música del Titán, su misantropía, su temperamento exquisitamente romántico, como deben ser los elegidos. ¡Oh los prácticos! ¡alejaos de la gruta clásica del arte! La melancolía se destaca en esa música, serena, bruñida, tersa, clara, sin amaneramientos que no necesita el genio para producir emoción.

Sigue al andante el alegreto, todo en contrapunto, fugado, maravilloso de luz y color, haciendo contraste con el andante, en un revuelo de alas, y termina Claro de Luna, con el presto formidable, en el cual se destaca maravillosamente el estilo fugado tan frecuente en la obra beethoviana. EI andante de la Sonata siete, grave, majestuoso, es un milagro de combinaciones de la armonía base de contrapunto, con una maestría sorprendente, terminando en la resolución consonante, en notas que mueren como una súplica sollozante conmovedora.

EI minuete que sigue a este andante «Largo e mesto», es sencillamente encantador, en una fiesta de polen sobre el pentagrama. En ese precioso número juega Beethoven con las más atrevidas combinaciones, dando el tono, la melodía inicial de una originalidad sorprendente”.

Interesante que cuando publiqué esa nota de Trina Padilla de Sanz en Facebook, hace unos años, escribió sobre ella Carlos Bas Huertas, quien tiene una página que se llama Beethomanía en la que dice:

Es que la descripción que Doña Trina Padilla de Sanz hace aquí, de cada uno de los tres movimientos es algo extraordinario, abundante de metáforas exquisitas. Es buena idea leerlas, mientras se escucha, pues es tal la correspondencia de las imágenes que logra, la gran puertorriqueña, con la pieza de Beethoven, que hace que nos guste más”.

Beethoven fue el músico predilecto de Trina Padilla de Sanz y se refería a él como “el coloso del ritmo y la armonía”. Y viene a propósito que cuando el huracán San Ciprián nos azotó, con fuerza destructora, en 1932, ese drama sirvió para revelar cuán profundamente, La Hija del Caribe, sentía la música de Beethoven. Resulta que cuando pasó el huracán, Trina, que era sorda como una tapia, no pudo oír la rabia y el crujir del viento, ni el ímpetu de la lluvia. Y cuando todo estaba en calma, salió a la galería de la casa y contempló conmovida la destrucción, los árboles rotos en el suelo, y no pudo evitar asociar la destrucción del huracán con Beethoven. Y al volver a entrar a su casa, recuerda su nieta Yolanda Fernández Sanz lo que expresara Trina:

Es prodigioso lo que mis ojos han visto, y lo que ha estremecido mi ser está en la obra de Beethoven. Está en sus conciertos, en su Apasionatta, Así interpretaba el dolor, la angustia, la rabia, la tempestad que llevaba adentro”.

 

En su artículo sobre Beethoven prosiguió diciendo:

«Hay hombres que forman escuelas ese fue Beethoven. Su obra no ha sido discutida jamás. Wagner tuvo que latinizar su música, dulcificando con el misticismo del libreto, las estridencias inarmónicas del abuso del metal, Beethoven nunca tuvo que innovarse porque en él lo hay todo. Como en el parche de un pandero cruje la lona tensa y sonora, así se destacan en sus acordes únicos, toda la virilidad de su temperamento portentoso. 

¡Vivió hosco y huraño, decepcionado de la vida de la cual la separaba de la noche eterna de su oído! Sordo Beethoven que ironía tan cruel! Pero el libraba sus penas en las pastorales de la brisa, en la majestuosidad de las montañas, a la orilla del mar homicida, pues sabía que el eco del mundo repite nuestra risa, y nuestras alegrías, pero nunca nuestros suspiros y nuestras lágrimas «.

Trina Padilla de Sanz

La sordera de Trina, permitió que lo oyera muy bien. Y Palés Matos en un poema la poetizó: “Hogar y patria, tonos acaso de una nota registran mil variantes de amor en su teclado”.

Y tuvo razón para expresarlo, la influyente presencia de Trina en el mundo musical en Arecibo fue grande y se constata al conocer que, a lo largo de los 40 años, en que ejerció como maestra de piano, tuvo más de mil alumnos de piano, todo un conservatorio.

Toda una vida enseñando piano que Trina resumía “una ecuación al final, de mil alumnos y un millón de escalas”.

Ayudó a formar maestras de piano, alumnas aventajadas e impulsar una cultura musical en el pueblo. Pero su influencia va más allá, le interesó crear conciencia en el País, de la importancia de la educación musical. Y desafió la ignorancia del gobierno y clamó por un Conservatorio de Música, y que se fortaleciera todas las manifestaciones de la cultura, que entendía que eran inseparables del crecimiento espiritual de los pueblos.  Preocupada por la falta de apoyo del gobierno a los músicos del país, en el 1933 publica un artículo, tristemente vigente:

Parece mentira que, en un país como el nuestro, donde se legisla tan fácilmente, para cosas que más bien que elevar, corrompen el acervo espiritual de un pueblo, no exista siquiera una Casa de Música, que así podría llamarse, mientras tomara carta de naturaleza entre nosotros, y se procediera a la erección de un Conservatorio de Música.”

Y abunda en ese mismo artículo:

La música que forma la cultura de los pueblos, no se reduce solo a los virtuosos o concertistas que viven del arte. Ya sabemos que nos visitan con inusitada frecuencia artistas de valía. Muy bien…, y nos sentimos entusiasmados, pero eso sólo lo pueden pagar unos pocos y son visitas efímeras… Pero hay que educar al pueblo, darle la oportunidad de que se instruya en el divino arte, y esto sólo puede hacerlo la fuerza… espiritual de un Conservatorio.

Y se queja de que los hermanos Antonio y Amalia Paoli, Elisa Tavárez y otros, no se les reconozcan y no estén enseñando en las aulas … y finaliza el artículo afirmando, “sin música no hay alegría, no hay aroma, no hay color”.

También publica diversos artículos sobre nuestros músicos, El juicio crítico musical del pianista Manuel Gregorio Tavárez, o sobre el violinista puertorriqueño Alberto Tizol, como sobre el joven compositor José Antonio Monrouzeau, del que expresa: “escribía música como cantan los pájaros, sin maestros de armonías, revela que hay agua en el pozo.”

Y así desde su “tesonera voluntad”, como la adjetivaba su gran amigo Cayetano Coll y Tosté, siguió insistiendo durante toda su vida para crear conciencia de lo significativo e importante que es ampliar, mejorar y crear un ambiente musical y creador en todos los órdenes de la vida cultural del país.

Trina fue un Instituto de Cultura sin fondos. Defiende con pasión el talento joven.

A su interés por la educación musical se suma el quehacer literario, que fue esencial en su vida. Una parte sustantiva de su trabajo se desbordaba en la creación; en la publicación de artículos en la prensa, que le dieron una presencia nacional y un reconocimiento en Hispanoamérica. A esto le sumamos, que fomentó en su hogar un centro de tertulias y reuniones. Por su refinamiento y sensibilidad tenía un radar útil para reconocer el talento joven. Entonces los impulsaba, pero sabía que para ello era también imprescindible luchar a un mismo tiempo, por el fomento de las artes en el país. Entendía, acertadamente, que era cuesta arriba crecer como artista en un vacío cultural.

En febrero de 1918 escribe un artículo dirigido a la Cámara de delegados solicitando protección para el joven y talentoso pintor arecibeño, Oscar Colón Delgado. Ese artículo advierte en el párrafo final a los políticos hombres, que las mujeres defenderán la cultura: “Y si nuestros campeones puertorriqueños no dan oído a este importante asunto, preciso será que nosotras, las damas feministas tomemos a nuestro cargo, el elevar el arte en nuestra tierra como un medio de emancipación natural, para crear un ambiente que está pidiendo a gritos nuestra cultura ”.

En ese mismo artículo su reclamo va de la mano de su compromiso “fomentemos las artes. levantemos un museo de pintura y escultura, con eso hacemos más patria, que con polémicas personales.

Su “devoción al servicio”, su noble empeño de ser útil a los demás, el respeto a la labor creadora y la defensa incólume en pro de la cultura del país; propició que Trina Padilla de Sanz en el siglo XX, patrocinara y defendiera a los artistas. Por ello “dedicaba gran parte de su tiempo a buscar becas para jóvenes talentosos o impulsar sus carreras”.

Podemos mencionar a algunos: los cantantes de ópera Antonio (1871-1946); y Amalia Paoli (1861-1941), el escritor José Limón de Arce (1877-1940, cigarrero de oficio); Carmen Alicia Cadilla (1908-1944), Clemente Pereda (1867-1944) y la cantante de ópera Margarita Callejo entre otros. Siempre estuvo disponible para estudiantes, amigos y maestros, que aprovechaban las facilidades de su biblioteca; los estimulaba en la vocación literaria conversando con ellos y ofrecía clases de piano gratuitas a niños de escasos recursos económicos.

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José Romeu escribe un artículo homenaje, a un año de su muerte; en el que recuerda que “Aún después de cumplidos los 90 años «La Hija del Caribe» seguía con su labor literaria y recibiendo homenajes de todas partes. Uno de los homenajes más significativos fue el de la Revista Argentina Para Ti, en la que publicaba su foto, su vida en compañía de las mujeres más famosas de América. Muere un 27 de abril de 1957 y sus funerales fueron de profundo sentir en el país. Uno de los primeros mensajes en llegar fue el del poeta español Premio Nobel de Literatura, Juan Ramón Jiménez (1881-1958), que entonces vivía en nuestro país dirigido: a mi colega y amiga.

Su entrañable amigo el pintor José R. Oliver (1901-1979), afirmaba cómo la casa de Trina era cita obligada de toda persona de valía en las artes o en las letras. El periodista y escritor arecibeño Rafael Torres Mazzorana que la conocía desde niño, fue otro de los que dejó testimonio de su vital contribución:

Luchó por el fomento de las artes, que el país se integrara a todas las manifestaciones de la cultura”. Su nieta Yolanda escribió: “Alma y casa de doña Trina eran residencia de las bellas letras, de la música, y de todas las manifestaciones del arte, desde fines del siglo XIX , traía la estrella de su padre, don José Gualberto Padilla. Por esa aristocracia del espíritu estuvo estrechamente unida a la ilustre generación que surgió después del 87. Era íntima de Luis Muñoz Rivera y José de Diego. Conoció y admiraba a Eugenio María de Hostos, se codeaba y trataba de tú a tu con Cayetano Coll y Tosté, y Manuel Zeno Gandía. No había persona de letras o artistas que pasara por Arecibo, sin hacer su primera visita a la casa de Doña Trina.

Su casona, hoy convertida en Casa Museo en la calle Gonzalo Marín #10; fue lugar de contacto para el intercambio y la efervescencia cultural y política.  Otras personas que la visitaron fueron Luis Lloréns Torres, Julia de Burgos, Manuel Fernández Juncos, Concha Meléndez, René Marqués, Margot Arce de Vázquez, Carlos Gardel; José de Diego, Albizu Campos, Rómulo Betancourt (luego Presidente de Venezuela); Pablo Casals, Luis Muñoz Marín, Luis y Gustavo Palés Matos, Juan Ramón Jiménez (Premio Nobel de Literatura), Gabriela Mistral (Premio Nobel de Literatura); Fernando de los Ríos, Francisco Manrique Cabrera, Elisa Tavárez, y muchísimas otras personalidades de nuestro mundo cultural.

Ya anciana con su pelo blanco, y a pesar de su lento caminar y de su sordera, poseía una juventud que emanaba de su espíritu. Ese era la fuerza interior que le daba una vitalidad especial. Esa fuerza la percibieron en su época los jóvenes y los adultos y lo supo interpretar fielmente Nilita Vientós Gastón: “Aunque Trinidad Padilla al morir era casi centenaria no fue nunca vieja. Era uno de esos seres que desafían el almanaque, en quien no se percibe el peso de los años; ante los cuales el tiempo se declara vencido.«

 

Vital es rescatarla del olvido porque es una forma de que su fuerza inspiradora perdure.

 

Por Elsa Tió

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