Enseñanza o encerrona:  de vuelta a clase en el 2020

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Tiempo de lectura 9 minutos

Por: Ana Marina Rúa

Si fuera cualquier otro año, las próximas semanas marcarían momentos reconocibles en el ritual del fin de verano y el comienzo del semestre escolar.  Al vivir rodeada de juventud, este mes de fines y de principios quizás siempre ha cobrado más significado para mí que otros.  Si fuera cualquier otro año, me quejaría del paso del tiempo, aferrándome al poco que me quedaría de vacaciones con mis dos muchachos, y a la vez anticipando, con una emoción que nunca envejece, las posibilidades que ese mismo tiempo me daría con 130 muchachos más.

Soy maestra de idiomas en una escuela superior pública en el Condado de Westchester en Nueva York.  Tengo dos hijos, de doce y trece años, que asisten a escuela pública en el distrito colindante a donde enseño.  La comunidad que incluye ambas escuelas es privilegiada socioeconómicamente: una de esas “bedroom communities” que a mediados de siglo se convirtieron en hogar para los profesionales que trabajan en la ciudad de Nueva York.  Como en muchos suburbios del área, los valores de propiedad, nuestros impuestos y los servicios están ligados a la calidad de las escuelas públicas, y viceversa.  Cerca de la costa del Long Island Sound hay mansiones y clubes de playa y golf; adentrándose al área comercial del pueblo están los apartamentos de la creciente minoría centroamericana que trabaja en restaurantes, jardinería y construcción.  En mis clases no es raro ver a los hijos del primer grupo sentados al lado de los hijos del segundo.  Y no es raro que los padres de estos últimos (o, en algunos casos, ellos mismos) les den mantenimiento a las mansiones de los primeros.  A pesar de sus diferencias, ambos grupos pueden avalarse de un sinfín de oportunidades educativas en el mismo edificio.  Visto desde afuera, podría decirse que el gran laboratorio de educación pública ha rendido buenos resultados.  Podríamos admirar el poder igualizante de la educación pública y felicitarnos al poner nuestra equis en la casilla de la diversidad.

Si fuera cualquier otro año, los estudiantes de escuela superior en mi área empezarían sus clases el 8 de septiembre.  Sería un día de conocer maestros y salones, tener dos o tres “ice breakers” y apuntar qué materiales escolares aún quedan por conseguir.  Sería un día de ver quiénes han dado un estirón en el verano y oír los relatos de campamentos, viajes y trabajos.  Pero este año no es cualquier otro, como bien sabemos.  A ley de un par de semanas, con planes de modelo híbrido o remoto ya radicados con el estado y supuestamente aprobados, aún no estamos seguros de la fecha o el modo de reapertura de clases.  Como maestra y madre llevo seis meses en el centro de circunstancias insólitas.

No pretendo escribir nada nuevo sobre la pandemia y sus efectos sociales o psicológicos.  Pero sí quisiera señalar que la manera en la que se provea enseñanza en el futuro próximo tendrá repercusiones mucho más profundas de lo que se anticipa en los medios.  El impacto ocurrirá en currículo y contenido, en métodos y pedagogía, sí, pero también en la expectativa que se tiene de la escuela como centro de desarrollo y de oportunidad para participar equitativamente en sociedad.  La falta de equidad que siempre hemos visto en un plantel físico donde ricos y pobres se codean –una falta de equidad que toleramos y vemos como inevitable– se exacerbó en la primavera, mucho más allá de las diferencias en acceso a tecnología, o del ausentismo de los estudiantes que tenían trabajos esenciales o parientes enfermos.  Y ese impacto en equidad tiene que ver sobre todo con el acceso a la interacción presencial.


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Si aceptamos ciegamente los modos de educación a distancia actuales, podremos caer en una encerrona cuyas víctimas ya han perdido demasiado.

El trabajo de enseñanza a distancia fue agotador, en gran parte ineficaz y, en la manera en que lo llevamos a cabo desde marzo, insostenible a largo plazo.  No debería generalizar, ya que algunos de mis estudiantes rindieron muy bien, y otros que no participaban mucho en la escuela hicieron trabajos excelentes en línea.  Aprendí muchísimo sobre plataformas como Edpuzzle y Flipgrid; diseñé y asigné visitas virtuales a museos.  Pero la cantidad de horas que pasé tratando de comunicarme con alumnos y familias, respondiendo a problemas técnicos y creando y transformando material en plataformas nuevas parecía no acabar, en un derroche de esfuerzo y energía que intentaba mantener los mismos estándares de antes y fracasó.  Cortamos requisitos e “inflamos” las notas, lo cual se entiende, dada la situación, y muchos de los estudiantes simplemente no entregaron ningún trabajo.

En esos meses no me despegaba de la pantalla desde las siete de la mañana hasta muy tarde en la noche, en un ciclo constante de crear y colgar contenido, lidiar con los problemas de recepción y entendimiento que ese contenido pudiera generar, dar comentarios individuales, corregir y poner nota, reunirme virtualmente con colegas que cada vez veía más agotados y ansiosos –y asegurarme de que mis hijos estuvieran progresando del otro lado del mismo sistema, cocinar, limpiar, y empezar de nuevo al otro día.  Oía rumores de gente que aprovechaba la cuarentena para hornear panes artesanales y tener happy hours en Zoom, y me parecía que vivía en otro planeta.  A la vez, siempre estaba consciente de una suerte inmensa:  mantuve mi trabajo e ingresos.  Tantos habían perdido empleo, tantos otros sufrían emocionalmente, sin ninguna ayuda.   Cuando por fin terminamos a finales de junio, no sentimos la satisfacción anticipada de los logros.  Nadie tenía ni la energía de lamentar la ausencia de graduaciones y otras ceremonias de fin de año.

Tuve la fortuna de ver que mis hijos se adaptaron bastante bien al aprendizaje en línea, aunque dudo que hayan aprendido gran cosa por medio de sus clases.  Pero ellos viven una de las manifestaciones de privilegio más difíciles de cuantificar, y quizás la más injusta al ser tan rara su reproducción en otros: tienen acceso a casi cualquier tipo y nivel de aprendizaje en casa.

Muchos de mis alumnos no tienen ese privilegio, independientemente de su situación económica. Otros lo podrán conseguir aunque la reapertura sea completamente remota:  los padres del primer grupo que mencioné antes ya están contratando a tutores que vayan a la casa a “reforzar” conceptos para sus hijos, o van planificando los “learning pods” que están de moda, con tres o cuatro familias (y más tutores).  Mientras tanto, el resto de los estudiantes se tendrá que atener a las decisiones del distrito escolar, que en muchos casos son determinadas por esos padres del primer grupo.  Lo único seguro es que no habrá un regreso completamente presencial, y esto trae consigo una serie de preocupaciones que, mientras más dure la pandemia, más aumentará la inequidad exacerbada en la primavera.

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Los métodos de reapertura varían. Algunas escuelas van a repartir Chromebooks a todo el que lo necesite, igual que repartieron iPads y “hotspots” en marzo.  Algunas adoptarán Zoom como plataforma principal, otras seguirán con Google Classroom como lo han hecho por años, temerosas de los riesgos de privacidad que Zoom presenta, pero curiosamente tranquilas con que todo su contenido y toda su comunicación estén ahí, en la nube de Google.  En el modelo híbrido que presentó mi escuela supuestamente enseñaremos en el salón todos los días, pero solo tendremos a un tercio del estudiantado en el edificio por día; los grupos que se queden en casa ese día verán nuestras lecciones por el “webcam” instalado en el salón.  En la escuela de mis hijos optaron por tener mitad del estudiantado en el edificio por día, pero sin webcam, y los maestros tendrán que crear lecciones adicionales, usando plataformas como Screencastify, para el aprendizaje en casa.  Entre las modas de los últimos años tenemos el famoso “flipped classroom”.  En este modelo, en vez de enseñar conceptos en el salón y asignar trabajo para reforzarlos en casa, se presenta contenido nuevo por medio de videos o lecturas asignadas en casa, para luego “crear significados” en el salón al otro día, con el maestro como mera figura guía en el viaje de aprendizaje del estudiante.  Bueno para los niveles avanzados de ciertas materias, el “flipped classroom” no funciona en práctica para otros, ya que requiere de más tiempo del que el año escolar típico tiene para profundizar en los conceptos y presume un grado de independencia y preparación previa de parte del estudiante (y del maestro) que no todos poseen.  Pero éste y muchos otros modelos similares son los que se han propuesto en la enseñanza a distancia para todos, sin cuestionamiento.

Entre las preocupaciones de los maestros está el miedo de que, si mantenemos la enseñanza a distancia por muchos meses, tendremos un currículo empobrecido, “aguado”, y una pérdida de destrezas que será difícil contrarrestar después.   La realidad es que el funcionamiento óptimo del aprendizaje en línea depende del contenido y del nivel y edad de los estudiantes.  Asignar artículos sobre el Boom latinoamericano para discusión posterior en Google Meet no es lo mismo que diseccionar un sapo via webcam; aprender a conjugar en la clase de francés de sexto grado, o examinar orugas en kindergarten, no es lo mismo que completar un examen de cálculo BC en cuarto año.  La mayoría de las experiencias de aprendizaje de un niño no se prestan perfectamente para diez minutos en Khan Academy.

Algunos de mis colegas están preocupados de que las clases que pasemos por webcam sean vistas, juzgadas y comparadas con otras clases de otros colegas (de nuevo, por los padres del primer grupo).  Otros maestros temen por su salud y la de los estudiantes y dudan que los protocolos de seguridad en los edificios sean suficientes.  Los padres que conozco en ambos distritos tienen preocupaciones similares.  El gobernador Cuomo ha dado directrices tan generales que la incertidumbre es la orden del día, tanto para nuestros sindicatos de maestros como para las familias.

Para los estudiantes inmigrantes del segundo grupo la inequidad se agranda: el desconocimiento del idioma y la subcultura de la escuela en este mundo de PTAs y SATs se añade a la incertidumbre laboral y de vivienda.  Para muchos de mis estudiantes en este grupo la escuela física es literalmente un ancla: por medio de ella reciben servicios y contactos.  Es cuestión de acceso, sí, pero no solo de acceso a tecnología, como se ha anunciado en los medios, sino de acceso humano.  En mis “horas de oficina virtuales” en la primavera, mis estudiantes y yo casi no discutíamos temas escolares:  tanto ellos como yo necesitábamos saciar la sed de interacción humana, y hablábamos de cualquier otra cosa excepto la escuela.  Los alumnos del segundo grupo que llegaban a estas reuniones eran los que se quedaban hablando conmigo aun después de que acabara la hora.

Uno de estos muchachos a veces me mandaba mensajes de texto preguntándome cuando iba a abrir el plantel.  Yo era su única conexión a esa información.  No importaba la gran cantidad de datos que se transmitía a la comunidad por mil medios (correo electrónico, el sitio web del distrito, textos, llamadas) había estudiantes como él, llegados al país no hacía mucho, que trabajaban largas horas en supermercados, que viven solos o con un pariente lejano en un país que les es ajeno en todo sentido excepto por una conexión: la escuela y los dos o tres seres humanos con quienes, mediante ella, han podido forjar una relación.  Y no importa qué modelo sigamos en septiembre, si esa relación se rompe, la leve brecha de inequidad que tolerábamos como algo inevitable se convertirá en un abismo que no cubriremos, aun cuando este año se convierta en cualquier otro.

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