Don Ricardo E. Alegría Gallardo y la Casa Paoli

Alegría Gallardo
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Imagen: Don Ricardo Alegría, Néstor Murray-Irizarry y Narciso Vilaró Canales en Casa Paoli, 1986. Suministrada.

 

Conocí a Ricardo Eduardo Alegría Gallardo en 1962 en la Feria de Artesanías de Barranquitas. Yo tenía apenas 16 años.  Le debo ese privilegio a Walter Murray-Chiesa, Director del Programa de Artes Populares del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP) durante muchos años, a quien yo había conocido durante la organización de la primera Feria de Artesanías de Ponce.

Yo visitaba frecuentemente la Tienda de Artesanías que había establecido el Instituto en la calle Sol del Viejo San Juan.  Era una tienda con mucha luz. Las artesanías del país eran exhibidas con un gusto impecable. Daba gusto entrar a aquella tienda. Allí, donde estaban ubicadas las oficinas de Walter, conocí a Darío, quien era famoso por su triciclo y por confeccionar las flores en papel crepé, después que terminaba con sus responsabilidades como encargado del mantenimiento y la limpieza del local.

A Ricardo Alegría Gallardo lo visitaba en sus oficinas en el antiguo edificio del Casino del Puerto Rico en el Viejo San Juan. Tenía, quizás la oficina más pequeña que he visto en una agencia de gobierno. Estaba repleta de libros, objetos arqueológicos, documentos, planos y fotografías. Así era Ricardo, lleno de muchos proyectos y demasiado austero. Muchos empleados comentaban que durante muchos años Alegría no se había querido aumentar el sueldo; así que ellos tampoco podían disfrutar de nuevos beneficios.

Yo viajaba de Ponce a San Juan en carro público y raras veces en “pon”. Ricardo Alegría Gallardo estaba consciente de eso y sabía que mi visita obligada era el Instituto. Él todavía enseñaba, algunos días, un curso de antropología en la Universidad de Puerto Rico y llegaba alrededor de las 2:30 p.m. después de almorzar. No importaba si tenía citadas a otras personas, siempre sacaba tiempo para conversar conmigo. Recuerdo que, en varias ocasiones, tuvo personas de su confianza en su oficina a las cuales interrumpió para atenderme y así evitar que yo regresara a Ponce sin reunirme con él. Marisa Rosado, su secretaria y colaboradora, siempre tuvo deferencias para mí.

Alegría Gallardo
Enrique Laguerre (izq) y Ricardo Alegría en Casa Paoli. Suministrada.
En otra ocasión en que pernocté en la casa de Walter en Bayamón, Ricardo nos invitó a que lo acompañáramos a un viaje que tenía que realizar a Utuado. Ese viaje tenía dos propósitos: el primero era recoger una muestra de carbono 14 en el Centro Ceremonial Indígena de Caguana en el barrio Ángeles para enviarla a un laboratorio de los EE.UU. y así determinar los años que aproximadamente se había establecido ese Centro y poder finalizar una publicación que a él le interesaba editar sobre ese tema. El segundo objetivo era ofrecer una charla sobre las técnicas y los métodos para la recolección del folclor de Puerto Rico.

De regreso a San Juan me mencionó su gran inquietud sobre la responsabilidad que los jóvenes tenían de hacer el acopio necesario de nuestro folclor, organizar instituciones que contribuyeran a divulgar y enriquecer la cultura para luego estudiarlo y analizarlo con la rigurosidad científica que se ameritaban esas investigaciones antropológicas. Ese mismo día pensé que Ricardo Alegría Gallardo ya me tenía una encomienda, una asignación para mí. La cual acepté y la continúo hasta el sol de hoy.

Lo que más me atraía de Ricardo Alegría Gallardo era su sencillez y su visión y misión ecléctica de las diversas expresiones de la cultura nacional. Yo sentía la necesidad de contribuir para que la gente de las áreas suroeste y sureste del país pudiera tener las mismas oportunidades que las personas que viven en el área metropolitana de enriquecer, estimular y divulgar los diversos aspectos de nuestra cultura.

Ricardo Alegría Gallardo sabía que el Programa de los Centros Culturales para todo Puerto Rico era una gesta cultural muy importante; y de hecho lo fue, pero estaba muy limitado en recursos humanos y económicos.  El gobierno estatal y el municipal eran los que tenían que llevar a cabo la transformación educativa que permitiera a los hijos e hijas del país disfrutar –como en épocas anteriores– de actividades relacionadas con de la historia, la música, la literatura, la arquitectura, la pintura, la escultura, el folclor del país.

Un buen día recibo una carta de Ricardo Alegría Gallardo invitándome a reunirnos para establecer un plan de trabajo vinculado con el rescate de la zona antigua e histórica de Ponce ya que en la legislatura el senador Nelson Escalona Vincenty había presentado un proyecto de ley para enmendar la Ley de Zonas Históricas y crear una nueva ley para sólo seleccionar edificios de importancia histórica aislados y no áreas o zonas completas repletas de edificaciones con valor histórico. Nos reunimos, en su oficina en San Juan, el Ingeniero Juan González Colón y yo.

Allí nació la idea de organizar en Ponce el Comité Pro- Defensa de la Zona Histórica de Ponce. Éramos sólo tres miembros: Juan, Carmen Iris Ramos Texeira y yo. Con una aportación económica del Lcdo. Héctor Lugo Bougal se imprimieron en la Imprenta Fortuño de Ponce unos pegadizos o “bumper stickers” que denunciaban: “…la cultura se conserva, no se destruye.” Acudimos, además, a los medios de comunicación: la radio y la prensa escrita.


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Logramos contar con el apoyo de muchos miembros de la comunidad; en las vistas públicas celebradas por el Senado de Puerto Rico en Ponce, se expresaron a favor de la ley. Y así, un puñado de ponceños ayudamos a salvar una parte de nuestro patrimonio arquitectónico. Pasaron los años y continuamos nuestra estrecha colaboración. En 1972 llegó a la gobernación del país Rafael Hernández Colón.

Era su primera administración de gobierno. Se creó la Oficina de Asuntos Culturales, adscrita a La Fortaleza y Ricardo Alegría Gallardo es nombrado Ayudante del Gobernador y Director de esa nueva entidad. La Junta de Directores del Instituto de Cultura Puertorriqueña, después de aceptarle a regañadientes la renuncia, nombra a Luis Manuel Rodríguez Morales como el nuevo Director Ejecutivo quien fue un gran gestor cultural, Presidente del Ateneo Puertorriqueño, escritor, Archivero Mayor del Archivo General de Puerto Rico.

Mientras me desempeñaba como Director del Programa de Educación del Centro de Orientación y Servicios (hoy Centro Sister M. Isolina Ferré) Luis Manuel se comunicó conmigo y me ofreció la plaza de Representante de Promoción Cultural de Ponce. Acepté y allí trabajé por espacio de dos años y ocho meses. Desde esa plataforma organizamos varios proyectos de impacto en la región de Ponce: la segunda  Feria de Artesanías, Festivales de Teatro, conciertos y recitales de música como parte de la Fiesta de la Música; conferencias, la reorganización de los centros culturales desde Ponce hasta Patillas y por supuesto, el acopio de miles de pies de cintas/casetes/ audio por más de 300 jóvenes de uno y otro sexo del desaparecido programa de Acción Juvenil  quienes de 1973  aprovechando su tiempo libre participaron de los empleos de verano de esa agencia.

Además, en ese tiempo conocí a Jesús M. López, historiador oficial de Antonio Paoli y su familia. López me facilitó piezas de Paoli y pude organizar una sencilla exhibición dedicada a Paoli en el Museo de Arte de Ponce.  Poco a poco se iba dibujando el mapa conceptual que Ricardo Alegría Gallardo y yo habíamos comenzado a dialogar en nuestro paseo a Utuado. Al cabo del tiempo, alejado del Instituto de Cultura Puertorriqueña, regresé de nuevo a trabajar con Isolina Ferré, a estudiar en Nueva York en Bank Street College of Education, mediante una beca que me consiguió el Dr. Gordon J. Klopf (1932-2002), Decano de esa Universidad: y a planificar la organización del Centro de Investigaciones Folklóricas de Puerto Rico.

En 1976, después de compartir con Ricardo Alegría Gallardo , en su oficina en La Fortaleza, su último día como servidor público, inicié los primeros pasos para la creación del Centro; en 1980, después de finalizar mis estudios en la Ciudad de los Rascacielos y volver al salón de clases en el Departamento de Instrucción Pública, registré el Centro en el departamento de Estado y alquilé, bajo mi responsabilidad fiscal, una oficina en el Edificio Caribe, calle Salud esquina a la calle Jobos en Ponce. Previo a toda esta gestión yo me había reunido con Ricardo y tenía todo su apoyo y asesoramiento en esta nueva aventura cultural.

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Don Ricardo Alegría (Cortesía de la Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Ya hacía muchos años que conocía a Pedro y a Elsa Escabí Agostini quienes trabajaban arduamente, bajo la dirección de Luis Nieves Falcón, en el Estudio Etnográfico de la Cultura Popular de Puerto Rico como parte de los proyectos de investigación del Centro de investigaciones Sociales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Pedro y Elsa ya habían publicado el libro Morovis: Vista parcial del Folklore en Puerto Rico (1970) y habían terminado de revisar las últimas pruebas de galera de su segundo libro, La décima: Vista parcial del folklore de Puerto Rico (1976). Estos dos buenos amigos también se incorporaron a nuestro proyecto. Pedro se convirtió, al igual que Ricardo, en el asesor principal del Centro.

A sugerencia mía, Ricardo Alegría Gallardo, en calidad de Rector, apoyó la idea de ofrecer en Ponce hasta 18 créditos hacia la Maestría en Estudios Puertorriqueños del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Los cursos se ofrecieron en las dos primeras sedes que tuvo nuestro Centro y en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Ponce.

Se llegaron a ofrecer dos cursos sobre folclor a cargo de Escabí Agostini; dos cursos de literatura bajo la dirección de Francisco Lluch Mora y dos cursos de Historia de Puerto Rico dictados por los profesores Ricardo Camunas y Héctor Feliciano Ramos.  Alrededor de veinte estudiantes se beneficiaron de estos cursos. Los participantes tenían que realizar su matrícula en la sede del Centro de Estudios en el Viejo San Juan y debían completar los demás requisitos en ese mismo lugar. Los cursos no se pudieron continuar por diversas razones.

Los años pasaron y continué trabajando en varios proyectos con la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades (FPH) donde, recomendado por Ricardo Alegría Gallardo, estuve seis años como miembro voluntario o panelista de la FPH, particularmente laborando en el Comité de Propuestas. Alegría también era miembro de la Fundación junto a un grupo muy interesante dirigido por Arturo Morales Carrión. Entre éstos se destacaban: Ana G. Méndez, Aida Caro Costas, Wilfredo Braschi, Edelmira González, Hiram Cancio, Juan Manuel González Lamela, Esperanza Esteban.

Una de las propuestas que la Fundación le aprobó a nuestro Centro en 1981 estaba vinculada a la presentación de seis humanistas ante un público heterogéneo que luego de escuchar la conferencia dictada por el humanista seleccionado para esa ocasión, podrían hacerle preguntas, formando así una tertulia. Las charlas fueron grabadas en cintas magnetofónicas y reproducidas en casetes de una hora de duración.

Los seis casetes se colocaron en un estuche impreso con la portada en serigrafía por el artista Sixto Cotto. Recuerdo que Cotto diseñó una silueta de los Tres Reyes Magos, inspirado en una talla tradicional de unos Reyes que poseía en su taller. El trabajo fue evaluado muy bien por la Junta de Directores de la FPH. Morales Carrión recomendó que se le pidiera a nuestro Centro preparar una segunda propuesta sobre el mismo tema: Humanismo y folclor: foros públicos sobre temas de investigación de la cultura de Puerto Rico.

La primera  serie de foros ,celebrados en el Antiguo Casino de Ponce  y en  la sede Asamblea Municipal de Ponce, estuvieron vinculados con el tema La Fiesta de  Santiago Apóstol en Loíza Aldea por Ricardo E. Alegría; La Plena: análisis musical por Héctor Vega Druet; El refranero por Wenceslao Serra Deliz; El indigenismo en el español de Puerto Rico  por Manuel Álvarez Nazario; El Uso de las Plantas Medicinales de Puerto Rico por Esteban Núñez Meléndez; El Rosario: Vista Parcial del Folklore de Puerto Rico por Pedro Escabí Agostini; Visión Histórica del Refrán por Wenceslao Serra Deliz; La Canción de Cuna en el Folklore de Puerto Rico por Marcelino Canino Salgado.

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El segundo ciclo de foros públicos se llevó a cabo del 13 de octubre al 3 de noviembre de 1982 en la Sala de Conferencias de la Secretaría de Recreación y Deportes del Municipio Autónomo de Ponce en la Avenida Las Américas. Para estas actividades tanto los medios de comunicación regionales como los nacionales no contribuyeron  como se esperaba en la difusión  de los mismos. Ante esta situación el personal del Centro imprimió alrededor de cinco mil (5,000) hojas sueltas anunciando las charlas. El público apoyó las mismas y acudieron entre quinientas a ochocientas personas en cada una de las actividades.

Uno de los humanistas invitados, impresionado al ver tanta gente, salió apresurado del lugar pensando que había equivocado la sala en donde debía ofrecer su disertación. Esa noche al llegar a su casa el musicólogo a quien nos referimos, Gustavo Batista, redactó una columna en el desaparecido diario El Reportero.

Alegría también fue invitado a esa serie de charlas. Habló, sin tener tan siquiera una nota como guía, sobre la cultura puertorriqueña, entre otras cosas. Denunció sin tapujos el caso de Adolfina Villanueva, asesinada por la policía, por negarse a abandonar a sus hijos y a su humilde casita construida “por invasión” o en forma ilegal en una propiedad privada. Esa noche, Ricardo Alegría Gallardo –en homenaje a Adolfina– hizo un recuento histórico del comportamiento solidario de los hijos e hijas del país frente a las injusticias y a los atropellos en contra de nuestro pueblo.

Yo lo había invitado con bastante antelación a la charla. Me pidió que lo fuera a buscar una “buena hembra boricua de Ponce”. Yo le prometí que sí. Al pasar los meses no conseguí a la linda trigueña y Ricardo se tuvo que dispara la maroma de dialogar conmigo la ida y la vuelta de San Juan a Ponce y viceversa. Recuerdo que en la autopista se le vació una llanta o goma a mi carro. Ricardo Alegría Gallardo tranquilamente se sentó –con todo y gabán– en la valla de acero que protege el paseo de la autopista. Desde esa tribuna me dijo, entre muchos otros consejos, que si quería conseguir hacer una gran aportación al país y recoger algún dinero para el Centro que le publicara uno de los libros al patriota y mutuo amigo Juan Antonio Corretjer Montes, que iba a tener mucho éxito.

A la charla de Alegría Gallardo asistieron más de ochocientas personas. El Centro llevaba un registro de los asistentes ya que se había prometido un certificado de asistencia que además fue uno de los incentivos que los interesados encontraron más atractivos. En esa época, en Ponce, apenas se celebraban actividades de esa categoría. Además, el público también pudo apreciar a otros investigadores de gran importancia en el país.  La colección de cien casetes que contienen la síntesis de cada uno de los temas, dictados por cada uno de los humanistas, se distribuyeron a través de la FPH a universidades y centros de estudio e investigación de los Estados Unidos de América, Europa y de Iberoamérica. Para cada colección, la primera y esta segunda versión, se diseñó un cartel a cargo del artista José R. Alicea.

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Vista parcial del zaguán y del patio de la Casa Paoli, 1990. Suministrada.
Al cabo del tiempo el gobierno de Puerto Rico redujo los fondos otorgados al Centro. Para evitar un cierre total de la institución, tuvimos que abandonar la segunda sede o la antigua edificación, localizada en la calle Marina esquina a la calle Aurora en el Viejo Ponce. Nos refugiamos en el interior de una estructura también ubicada en la calle Marina, contigua a la sede anterior.

Esta situación fue un impulso para la compraventa de una antigua edificación en la calle Mayor que, después de investigar y estudiar los documentos necesarios en el Archivo General de Puerto Rico y en el Registro de la Propiedad en Ponce, se descubrió que era la casa natal del tenor más importante que ha dado el país en toda su historia: Antonio E. Paoli y Marcano (1871-1946) y de su familia.

A finales de la década de 1980, Ricardo junto a doña Mela, visitó la nueva sede del centro. Alegría pudo hacer recomendaciones muy pertinentes sobre una estructura a la cual todavía no se había iniciado su restauración.

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