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Por: Andrés Sanfeliú Cruz

En los siglos XVII y XVIII, la gran mayoría de las transacciones comerciales de los puertorriqueños, eran con corsarios y piratas de países enemigos a España. En la isla había mucha escasez y se estaba despoblando. Las personas se iban a La Habana o Nueva España (México) en busca de fortunas. Lo que alivió este despoblamiento fue el establecimiento de un vínculo comercial entre ganaderos y estancieros de Puerto Rico con los comerciantes extranjeros.

La gente dependía de los corsarios para sobrevivir. Era su respuesta a la negligencia y las restricciones españolas. Por las Leyes de Indias, fundamentadas en el Mare Clausum, aquí solo se podía mercadear con barcos españoles, pero estos, casi no se detenían en la isla, a veces por años.

Entre otras cosas, aquí había escasez de dinero, zapatos, telas (para ropa), harinas, sal (sí, aquí hay sal, pero el transporte por tierra era tan caro, que no era práctico; era mucho mejor importarlo por mar), especies y esclavos.

Así que estos barcos de naciones enemigas que navegaban nuestros mares eran de gran beneficio para los puertorriqueños, que no solo conseguían los productos que necesitaban, sino que tenían a quien venderle los cultivos, ganados, maderas, cueros, tabaco y cacao, que aquí había en exceso.

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Aun en las raras ocasiones en que los barcos españoles se detuvieran en Puerto Rico, era más provechoso tratar con barcos extranjeros. Ellos compraban todo tipo de productos, pagaban en plata y pagaban bien. Tenían más productos, de mejor calidad y más baratos.

Se detenían en poblados fuera de San Juan. Solo el puerto de la capital recibía barcos mercantes de la Península y para la mayoría de los isleños que no vivían en la capital, los costos de transporte eran altísimos. Los españoles, además, tenían que vender más caro, porque tenían que pagar impuestos de entradas, salidas y fletes.

Por último, no se interesaban en comprar frutos de la isla. Así que, aunque quisieras absorber los altos costos de transporte para llegar a la capital y mercadear de manera legítima, te arriesgabas que no te compraran nada. Así que, aunque el monopolio español existía en teoría, en práctica duró muy poco.

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En el partido de San Germán, la práctica del contrabando era mucho más común, en el litoral desde Ponce hasta Añasco (aunque también se reportan instancias en Arecibo, Aguada y Coamo, entre otros), porque tenían muchas bahías tranquilas y amplias donde los barcos podían anclar.

Además, estaban tan distantes de la capital, que era más fácil esquivar la atención de los oficiales. En San Juan, el riesgo era mayor, aunque igualmente el contrabando era frecuente. Allí, los oficiales civiles, militares y eclesiásticos, todos estaban envueltos en esta práctica y protegían a los contrabandistas. En San Juan la historia reporta más incidentes de contrabando, tal vez porque allí se descubrían con más frecuencia.

Muchas veces los gobernadores también se involucraban en el contrabando, aunque la relación variaba de administración en administración, dependiendo de qué les resultara más beneficioso. Entre 1650-1700, todos los gobernadores estuvieron implicados en este mercado negro.

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En el 1690, el gobernador Gaspar de Arredondo justificaba su tolerancia hacia los tratos contrabandistas diciendo que castigar a la población por el delito “sería afligir al afligido, mayormente, cuando por lo que reconozco, hallo que la culpa del contrabando sería casi universal en esta ciudad e isla.”

En los momentos en que los gobernadores intentaron detener el comercio ilegal, se encontraron con fuerte resistencia de los puertorriqueños, como ocurrió en el partido de San Germán en los primeros 12 años del siglo XVIII, cuando casi hubo un levantamiento armado de los vecinos.

Además, los castigos eran inefectivos. Muchas veces, los pobladores lograban escapar, antes de enfrentar la pena de muerte; y eran tan pobres, que no tenían pertenencias de valor que pudieran ser embargadas.

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Los españoles no llegaron a tener corsarios hasta el 1674, cuando promulgaron las Ordenanzas de Corso; para controlar ese contrabando de naves enemigas en el Caribe que amenazaban su monopolio.

Los corsarios, a veces llamados guardacostas, eran la defensa en contra de invasiones y ataques extranjeros. En un momento los hombres del armador de corso, Miguel Enriquez, expulsaron una invasión inglesa en Vieques, por ejemplo. Sus corsarios, llegaron a capturar naves enemigas hasta en las costas de Boston y Filadelfia.

Para leer el escrito en su totalidad visite: https://www.elcayito.com/

PRIMERA PARTE

[Fragmento] La isla pirateá | Parte I

 

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