Nimia Vicéns: Corazón de la patria con semillas silvestres en sus versos

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Imagen: Nimia Vicéns en el centro junto a Salvador Tió (con las piernas cruzadas) y amistades. (Suministrada)

Fragmento de conferencia sobre Nimia Vicéns

Por: Elsa Tió

No se puede hablar de la cultura puertorriqueña sin pensar lo que significó en nuestra cultura la poesía y los poetas. La poesía es la más alta expresión del espíritu humano y Puerto Rico ha dado grandes poetas que nos han afirmado como país.

Justo recordar a Gautier Benítez, muerto a los 29 años, con su verso enamorado, “Borinquen nombre al pensamiento grato como el recuerdo de un amor profundo”. A Lola Tió con su danza guerrera – “cojamos el machete que es hora de luchar”, que le costó el destierro; a José Gualberto Padilla con su Para un Palacio un Caribe, polémica en verso  para defendernos de los insultos del poeta español contra Puerto Rico, que le costó la cárcel; a Luis Lloréns Torres con su genial Canto a Puerto Rico y sus décimas que llegan al corazón de todos, y que nos afirmó frente a los que nos disminuían como pueblo; a Palés Matos con su Filí Melé y su Burundanga y sus palabras poetas con ritmo de tambores encendidos por las calles antillanas que nos retumban el alma; a Julia de Burgos con su Río Grande de Loíza que viaja por el cauce de nuestras venas y hace latir el corazón isleño. A Clara Lair desde su Trópico Amargo, diciendo las cosas a su modo, en su raro decir poético, y a tantos otros poetas de excelencia.

Nimia Vicéns forma parte de esta pléyade de grandes poetas que nos fueron formando el alma e interpretando nuestra realidad. Los poemas de Nimia nos iluminan por la belleza, fuerza y emoción de sus metáforas; escribe con goce poético y patriótico una poesía intimista en la que revela su mundo interior adolorido, pero luminoso. Presente están sus afectos y querencias, su amor a su patria, a la niñez, a la naturaleza. Escribe desde una solitariedad que la acompaña siempre; la soledad es como una amiga a la que le puede contar sus secretos y le ayuda a ahondar en la comprensión del mundo.

Y nos debemos preguntar ¿quién fue Nimia Vicéns? ¿cuáles fueron las circunstancias que le tocaron vivir y que influyeron en su poesía? Nimia Vicéns forma parte de una generación de escritores puertorriqueños que nacen a menos de dos décadas de la invasión norteamericana. Generación que usó las palabras poetas para trascender con hondura desde nuestra identidad y afirmarnos como puertorriqueños. Nace nuestra poeta, en Caguas, el 23 de agosto de 1914 en la calle Jiménez Sicardó #33. Estudió sus grados primarios en el Colegio Católico de Caguas y completó su escuela superior en la Escuela Gautier Benítez con los honores más altos, en la misma escuela donde años más tarde fue bibliotecaria.

 

NImia en Ateneo
Nimia Vicéns recibe un ramo de flores en el Ateneo de Puerto Rico junto a Luis Palés Matos y Nilita Vientós Gastón a la derecha (Suministrada)

Creció observando el sufrimiento en su hogar ante el despojo de las tierras agrícolas pertenecientes a su familia, pero este hecho no será un caso aislado: lo sufrirán en las primeras décadas del siglo XX, como veremos más adelante, cientos de miles de puertorriqueños luego de la invasión norteamericana en el 1898. Por ello antes de adentrarnos en la poesía de Nimia, en sus versos hechos de cielo, monte, y flor, debemos asomarnos al trauma que causó la invasión al imponerles a los puertorriqueños una nueva política económica que empobrecerá dramáticamente al país.

Cobremos conciencia que la invasión va a influenciar el lenguaje poético, los temas y las actitudes, de nuestros poetas y creadores que usaron su pluma para proteger una patria que sintieron amenazada, empobrecida y herida. Ese hecho va a influir tanto en la poesía, como en la vida de Nimia Vicéns, y en las de varias generaciones de escritores. La reacción de nuestros poetas no se hizo esperar, tal vez porque los poetas saben intuir las cosas sin que tengan que comprobarlo.

El excelente libro del poeta José Emilio González, titulado La Poesía Contemporánea, interpreta, en parte con razón, que, al perder España la Guerra hispanoamericana, “tuvimos nostalgia de ella, y ante el choque con lo forastero tuvimos conciencia de nuestras raíces y de ahí la razón de afirmarse los poetas en la historicidad hispánica”.

Pero los datos que expondré más adelante revelarán que esta reacción defensiva de los poetas no nacía meramente de un sentimiento nostálgico: había otras raíces y otras razones tan profundas como dolorosas. No podemos reducir a los escritores que defendieron la afirmación puertorriqueña, la lengua materna y nuestra tierra, como meros hispanófilos, porque hablaron desde una nueva realidad desgarradora, porque no lo hicieron para defender a España, sino para afirmarnos como país, para salvaguardar nuestra sustancia nacional, para salvarnos.  Hay momentos en nuestra historia en que las palabras poetas han sido tabla de salvación para este pueblo.

Mucha de la crítica literaria que analizaba la literatura de principios del siglo XX en adelante debió partir de las consecuencias de estas nuevas políticas económicas impuestas al país, pero no había conciencia de ello; muchos datos estaban ocultos. Fácil fue hacerles creer a la gran mayoría de los puertorriqueños que la miseria que salía a flote se debía a los despiadados huracanes que nos azotaron a principios del siglo XX. No se percataron que otro huracán económico arrasó sin aviso, pero de forma muy organizada, implacable y consistente nuestra economía agrícola.


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Para entender la magnitud del drama y la influencia que dicho trauma económico ejerció sobre nuestros escritores, y que ha estado ausente de los análisis literarios, es oportuno rescatar datos que no se enseñan en las escuelas ni en las universidades y que sintió Nimia muy de cerca. Viene como anillo al dedo leerles fragmentos de la tesina de mi hijo, Salvador Coleman Tió, en la que revela como la invasión americana destrozó la economía agrícola que existía en Puerto Rico, causando una miseria que no existió en tiempos de España:

“La estrategia del nuevo gobierno militar estadounidense consistió en devaluar la moneda puertorriqueña a 60 centavos del dólar americano, que era lo que entonces cotizaba nuestro peso puertorriqueño en Wall Street, impuso contribuciones sobre la propiedad, que no existían en tiempos de España, permitiendo con ello que el capital estadounidense se apropiara de una cantidad enorme de las riquezas del país, entre ellas una tercera parte de nuestras propiedades. Y se sufrió un proceso masivo de confiscación de tierras que cultivaba tanto el jíbaro, como el hacendado puertorriqueño

 No nos extraña entonces las palabras de Luis Muñoz Rivera, tan temprano como el 1904 cuando describe este aterrador panorama: “De las ciudades y los campos se alza el rumor de un descontento sordo y profundo o el clamor de una protesta que ya no cabe en los moldes de nuestra mansedumbre legendaria. La agricultura paga jornales exiguos porque la producción no basta para compensar al trabajador; el comercio no era ya refraccionista porque perdió inmensas sumas en la crisis que le agobia; no hay crédito, los negocios marchan con lentitud abrumadora, el hambre, que no existió nunca en nuestra isla, existe dondequiera, en el litoral lo mismos que en el interior. Las fincas que representaban valores inmensos representan valores ridículos. Familias que en el 1898 vivían en la opulencia en 1904 mueren sobre harapos de indigencia. El malestar engendra la emigración y a Hawái, a Yucatán, a Cuba y a Santo Domingo van los infelices braceros buscando el trozo de pan que P.R. les rehúsa.

  El Dr. Feagle nos informa que en “en 1897 había distribuidas 60,953 fincas, pero el censo del 1920 las fincas se habían reducido a 41,078. En la actualidad el número de fincas es alrededor de 30,000.

Según el censo del 1930, se deforestó el 97% de los bosques en Puerto Rico, se arrasó con casi la totalidad de los bosques primarios. ¿Y por qué esa política económica?  Para imponer el monocultivo de la caña con el fin de adueñarse de las tierras para ganarle espacio al oro del momento, que era el azúcar.

Y con el monocultivo de la caña, entró el dominio de las Centrales Azucareras, la mayoría de capital absentista norteamericano que llegó a controlar del 80 al 85 % de la manufactura del azúcar en Puerto Rico. Se desplaza al capital local y a los agricultores criollos, lo que crea condiciones de extrema desigualdad e injusticia social y que empeora en las décadas del 1920 al 1940. 

Las medidas devastadoras que diseñó el gobierno americano en la isla nos llevaron a una miseria hasta entonces desconocida en Puerto Rico”. 

Nimia Vicens Matos Paoli Corretjer (1)
Nimia Vicéns a la izquierda, junto a Francisco Matos Paoli y Juan Antonio Corretjer (Suministrada)

Pero había un país y no un reguerete de gente, y el destrozo de nuestra economía agrícola diversificada, destrozo que arrasó con nuestros llanos y montes para sembrar monocultivo de caña bajo condiciones de extrema explotación y marginación, sirvió sin embargo para fertilizar y cultivar una literatura de combate, de belleza, de resistencia, de dignidad y de amor a la tierra.

Mientras la economía separaba al hombre de la tierra, la poesía de nuestros poetas nos acercaba a ella, echaba raíces en ella, las sembraron con metáforas, nos asemillaron el corazón con versos, nos aterraron el alma. Nimia Vicéns fue y sigue siendo, como veremos más adelante, una de esas sembradoras de palabras que nos fertilizó el alma desde un amor profundo a su tierra. Sembró en el corazón de su patria las semillas silvestres de sus versos. Es por la década de los 30 que la joven cagüeña, Nimia Vicéns, viaja a San Juan con su abuela África Burgos, dueña de una hermosa finca en el valle de Caguas, al lado del monte Bayroa, para visitar a un joven abogado recién graduado de Harvard, que acababa de abrir una oficina, con el fin de dedicarse a defender a los colonos que perdían sus fincas; su nombre Pedro Albizu Campos.

Su abuela, viuda y cabeza de familia, le había arrendado su finca a un norteamericano, pero este no le pagaba por su uso, faltándole por ello a su abuela los medios para mantener a su familia. Acabaron perdiendo las tierras, pero Nimia ganó una amistad imperecedera en Albizu, amistad afincada en el dolor que sentían al ver una patria desgarrada, empobrecida, y por el ansia de ambos de verla libre. Los unía también un hondo sentido de justicia, y una afinidad por las poesías. Por la belleza de su poesía y su amor por la naturaleza Albizu proclamará a Nimia, años más tarde, en la década del 40, poeta nacional.

Fuerza de vida le infundió la poesía a Nimia para combatir dos traumas paralelos que lesionaron la identidad del país, de los cuales Nimia fue junto a tantos puertorriqueños, testigo y víctima.  Fue traumático la pérdida de las hermosas tierras del Valle de Bairoa (el Turabo) en Caguas, que fueron parte de su patrimonio familiar, como el sufrir junto a varias generaciones de puertorriqueños la angustia de un sistema escolar que trató de suplantarle una lengua por otra a todo un pueblo.

Fue la época en que dar clases en español en las escuelas en Puerto Rico conllevaba persecución y despidos contra los maestros. La heroica resistencia de los maestros fue fundamental para conservar nuestra lengua materna. La poesía de Nimia nos puede echar tanta luz como el sol cuando chorrea claridad sobre el campo y nos descubre en las sombras sus anhelos ; porque no hay sombra sin luz, que es tan diferente a las tinieblas.


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Nimia no se da en un vacío: no le es posible abstraerse del P.R. que sufre, y mientras más agredida y frágil siente a su patria, más vehemente le nace su amor por defenderla, aterrarla, asemillarla con palabras. Su poesía se gesta desde la experiencia, desde sus estados de conciencia con una poesía imaginativa, ingeniosa, hermosa y melodiosa. Pero su militancia ciudadana, su activismo patriótico no se traduce en una poesía panfletaria, ni contestataria, sino que le nace una fuerza, una vitalidad y belleza inaprensible, que puede ser igual de revolucionaria, si se hace bien.

Ejemplo de su fina y delicada expresión poética, pero llena de fuerza y esplendor, se cumple en su emotivo y galardonado poemario al que le puso título de flor, Anémona Nemorosa, publicado en 1948. Nimia se siente flor, es flor del viento, escribe enramada en soledades, acapullada en amores y desamores cuando exclama:

“cómo se muere la vida/

en que me vives/

faro de vuelta y vuelta de las sombras.

 La nada de la luz habita el entreacto

 y florezco en la muerte

 nacida y dolorosa de mi amarte….

 Meces y luchas el grito que me duele….

Este poemario es un conjunto de amor y desamor, de pasión por la naturaleza, de contrapuntos musicales. Nimia nos lo revela desde el primer poema titulado Prólogo, de este mismo libro:

Luz por sí misma

 concebida en las rutas

del aire y la hermosura

 sin los tiempos….

los tiempos.

En la sección del poemario titulado Aura expresa su desamor:

-Tu ala de angustia

 muere en lo que callas …

 Tu ausencia fue primero que la rosa

 Ya estabas tú cuando la florecida

Te olvidé antes de amarte

 antes que tú me recordaras.

 Primero que a mi sombra.

 Con emoción temerosa de que te anticiparas…

 de que hicieras… única y eternal

 como un ave de vuelo en la enramada.

Su primoroso cuaderno de poesía titulado Arcas, publicado en 1969 ilustrado por Gloriela Muñoz y dedicado al compositor Ernesto Cordero que musicaliza sus versos se asemejan a una canción:

“Como si mi voz cayera

 detrás de tus pupilas

 como si tú supieras mis cantos de silencio

 como si tú supieras”  

y en otro poema titulado Diálogo:

 si tu voz me dijera:

 Amor

 yo le dijera lumbre.

Si tu voz me dijera canto

yo le dijera

 agua  

Ante un país intervenido lingüísticamente fue parte de su misión embellecer las palabras en la poesía. Nimia supo hacerlo magistralmente, por su dominio y amor por el lenguaje, por su infinita capacidad de amar, por su conciencia artística, porque sabía oír y extraer la música en las palabras.


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Foto Casa Norberto


La antología de poetas puertorriqueños editada por Margot Arce de Vázquez, Laura Gallego y Luis de Arrigotia expresa atinadamente sobre la poesía de Nimia Vicéns: «una de las voces poéticas más puras y limpias de la presente hora literaria». Según Francisco Manrique Cabrera, no es poeta que se apresura a la publicación prematura y poco cuajada de sus versos.

 En 1949 el Ateneo Puertorriqueño premia su primer libro, Anémona Nemorosa, que ya entonces se considera «revelación poética en plena madurez de un temperamento lírico excepcionalmente dotado».

En el prólogo de las Canciones al mundo, que en el 1957 esta misma institución incluye entre sus Cuadernos de Poesía, Ricardo Gullón analiza: «el Arte poético de Nimia, según se expresa en este libro y en otro anterior todavía inédito, es el arte de siempre en la poesía: no retórica sino vida hecha verso, palabra cuajada en el resplandor de la propia necesitad de existir, de ser y significar.»

Nimia se acostumbró a los cielos y sus amores. Y hay nombres destinos que determinan mucho en la vida de las personas, que se llevan con orgullo en el corazón: ese es el caso del nombre de la abuela y madre de Nimia. Son nombres casi legendarios que trazan mucho de su carácter y fuerza, nada más que de llevarlos.  Su hijo José Emilio Madrazo nos lo revela con orgullo:

“Clara Nimia Juliana Vicens Huerta! Hija huérfana de América Huertas y nieta de África Burgos: «Los continentes del futuro según Campio Alonso quien bautizó a África contra la voluntad del cura, a punta del trabuco de un masón. Don Campio Alonso era hermano del “El Gíbaro” Manuel Alonso quien se considera padre de la literatura puertorriqueña.”

 Los antecedentes familiares que la precedieron son de por sí una metáfora geográfica, forman parte de su huella espiritual que influye en su ademán patriótico

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