La superioridad moral y el valor de Baldorioty

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Por Elsa Tió

Antes de conocer lo que sucedió en Madrid quince años después del nacimiento de Román Baldorioty de Castro, es justo conocer, para entender la dimensión de su inteligencia preclara y justa, que nuestro patriota nació de madre soltera y obrera, María Baldorioty, quien además de lavar ropa para ganarse el pan, tuvo la sensibilidad de percatarse de la virtudes y talento de su hijo. Decidió mudarse a San Juan por entender que era un mejor lugar para cultivar la inteligencia del niño. Y no se equivocó. Baldorioty llegó a manos del “santo maestro, Rafael” y Martí fue exacto al interpretar a aquel sabio educador: “el que más que la inteligencia, educa el corazón”.

Fue el maestro Rafael Cordero (1790-1868), conocido por ser el “Padre de la Educación Pública en Puerto Rico”, quien reconoció su excelencia y lo preparó para ingresar en el Seminario Conciliar. Allí uno de sus mentores, el Padre Rufo Manuel Fernández, lo preparó, e intercedió a su favor para que la Subdelegación Real de Farmacias de Puerto Rico, les confiriera becas a Baldorioty y a tres de sus compañeros de estudios: José Julián Acosta, Julián Núñez, y Eduardo Micault.

Imagen de la biografía de Don Román Baldorioty de Castro por Pablo Morales Cabrera (1910)

Y así, a sus quince años, Baldorioty parte a España junto a sus compañeros, pero los esperan acontecimientos trágicos.  Baldorioty tenía quince años cuando zarpó lleno de ilusiones y proyectos hacia España en 1846 junto con sus compañeros de estudios, pero a su llegada a Madrid coincidió con una pandemia, un brote de viruelas malignas que se extendió por la ciudad y sus tres compañeros se contagiaron gravemente. Sin embargo, Baldorioty no se contagió, ni por la enfermedad, ni por el miedo.

Llegaron los cuatro estudiantes en agosto a Madrid. En octubre de ese mismo año muere Julián Núñez y en noviembre, Eduardo Micault. Sólo se salvó José Julián Acosta. El valor que demostró Baldorioty arriesgándose ante la mortal enfermedad al cuidar a sus tres compañeros de estudio, anticipó su superioridad moral. No le importó que el contagio pudiera causarle la muerte y se convirtió en el enfermero de sus amigos.  Ese comportamiento heroico, estoico y valeroso de Baldorioty se va a repetir invariablemente. No hay tragedias que sufra sin que se agigante su figura, y fueron los gobiernos déspotas y desérticos de ideas los causantes de tanto atropello contra su persona, agrediendo y obstaculizando el progreso de la isla.  Pero en cada derrota de muchas formas supo salir victorioso en el corazón del país.


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Aquellos baúles llenos de esperanza y optimismo que llevaron los cuatro estudiantes a estudiar a España traían una misión noble, de que a su regreso pudieran crear un proyecto educativo que beneficiaria no solo a ellos, sino al país, que estuvo a punto de zozobrar. Parecía que la muerte de sus dos compañeros había sepultado con ellos también el proyecto.  El plan era que Núñez y Micault concentraran sus estudios en ciencias y matemáticas, Acosta y Baldorioty en pedagogía. Sin embargo, a pesar de la trágica y dolora muerte de sus compañeros, la idea de regresar preparados para fundar en Puerto Rico un Colegio Central de excelencia se mantuvo vivo en el ánimo y voluntad de Baldorioty y Acosta.

El Padre Rufo, sobrecogido por la noticia, le escribe alarmado desde Galicia y les solicita a los estudiantes Baldorioty y Acosta que descarten la idea del Colegio y que regresen a Puerto Rico. Pero ambos se niegan y se entregan no solo a los estudios de pedagogía, sino que se dan a la tarea de estudiar las asignaturas de ciencia y matemáticas que se suponía estudiarían los compañeros fallecidos. Los anhelos de conocimiento de ambos estaban poderosamente ligados a un hondo sentido patriótico que no estaban dispuestos abandonar, el de mejorar la educación del país.

El proyecto se hacía realizable porque las inteligencias de Baldorioty y Acosta eran múltiples. Ambos tenían inclinación por las ciencias y matemáticas. Aprendieron también las materias de sus amigos muertos: tales eran el compromiso y amor que sentían por la isla y su manera de honrarlos. Pensaron que, adquiriendo todos los conocimientos necesarios, podían lograr el proyecto educativo soñado y necesario de crear el Colegio Central para el bien de Puerto Rico.

En 1846 Baldorioty ingresó en la Universidad de Madrid para hacer su Bachillerato en Filosofía. Completó sus estudios con una licenciatura en Ciencias Fisicomatemáticas en la Universidad Central de Madrid y se preparó en Náutica y Agricultura donde obtiene su título en 1851. En 1852 cursa estudios en la Escuela Central de Artes y Manufactura de París. Baldorioty regresó a Puerto Rico en 1853, a sus veintidós años, con la clara visión de implementar un proyecto educativo, luego de siete años en Europa dedicado de lleno a los estudios.  El joven estudiante que marchó a los quince años regresó con una sólida formación universitaria y una impresionante cultura que abarcaba todas las materias, tanto científicas, agrícolas y náuticas, como literarias y artísticas, además de incluir el dominio de varias lenguas. Llegó convertido en un hombre moderno, humanista, científico, gestor incansable y políglota que hablaba y escribía cuatro idiomas: inglés, alemán, italiano y francés.

Al regresar Baldorioty se le concedió por el gobernador Norzagaray el nombramiento de catedrático de Botánica y Náutica de la Escuela de Comercio de San Juan y de Física y Química y Mecánica Industrial en el Seminario Conciliar donde fue profesor de Náutica, Botánica, Matemática y Física, en el Seminario Conciliar. Solicitó con éxito al gobernador José María Marchesi instaurar el primer jardín botánico. Era su propósito crear un “campo de ensayo y laboratorio agrícola para formar un semillero en los terrenos no cultivados en el área del Paseo de la Princesa,” logrando con sus gestiones nuestro primer banco de semilla. Parecía que todos los sueños se harían realidad, porque los primeros años fueron fértiles y muy provechosos. El gobierno y la Sociedad Económica de Amigos del País le dieron a Baldorioty diversas encomiendas para el desarrollo económico y social agrícola y cultural del país.

Con su extraordinaria visión de futuro, estoy segura de que de vivir Baldorioty hoy, apoyaría la agricultura agroecológica y orgánica. Aquella mente privilegiada conocería a profundidad la gravedad de la escasez de alimentos a nivel mundial y estaría hoy nuevamente -como hizo en el pasado – implementando medidas en pro de la soberanía alimentaria con el propósito de que fuéramos una isla autosuficiente en la producción de sus propios alimentos. Su divida debería tallarse hoy en todos los edificios públicos, pero sobre todo en el corazón de los puertorriqueños: Amar a Puerto Rico, Conocer a Puerto Rico, Servir a Puerto Rico, con razón Lidio Cruz Monclova lo llamó el primer pedagogo de Puerto Rico.

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