Cita con la historia: Tragedia del Viernes Santo

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Imagen: Un sobreviviente del vuelo 526A de PanAmerican Airways es rescatado por las autoridades (US Department of Defense / AGPR)


Por: Andrea Yambot Lugo y Milton Rúa de Mauret

El Adoquín Times

“El salvavida se me subía acá, por eso no le puedo decir si lo tenía amarrado. Entonces me lo bajaba y me lo aguantaba aquí con las manos y se me sostenía un poquito. Pero como yo rogaba a Dios, no perdí la calma. Entonces le pedí a Dios que me perdonara lo malo que hubiera hecho en esta tierra y entonces me puse a orar” 

Este desgarrador testimonio fue de una de las sobrevivientes de un trágico accidente aéreo ocurrido el 11 de abril de 1952 de un vuelo desde San Juan a la ciudad de Nueva York. De acuerdo con los periódicos de la época y documentos oficiales de las autoridades puertorriqueñas y federales, el vuelo 526A de la línea aérea Pan American Airways salía del aeropuerto de Isla Grande en San Juan rumbo al aeropuerto Idlewild (hoy el John F Kennedy) de Nueva York. Antes de la apertura del aeropuerto internacional de Carolina, el de Isla Grande era considerado el más importante de la Isla.  A bordo de este vuelo, viajaban 69 personas, cinco de ellos constituían la tripulación. 

Un sobreviviente es sacado de la embarcación del Servicio de Rescate en una camilla (US Department of Defense / AGPR)

Al despegar a las 12:11 del mediodía se produjo un fallo en el motor número 3 del vuelo 526A de PanAm. El capitán decidió regresar a San Juan, pero durante la maniobra de aproximación a 350 pies de altura, el motor número 4 comenzó a experimentar problemas también. Al estar lejos de tierra, intentó elevarlo utilizando toda la potencia de emergencia, lo que resultó en que, al intentar ganar altura, perdiera sustentación y se hizo imposible la recuperación del control, cayendo violentamente al mar. La parte trasera del fuselaje se partió permitiendo la entrada de agua. En apenas 3 minutos se hundió a siete millas al noroeste del aeropuerto. Según el testimonio de un vigía marino a las autoridades, vio al avión que iba descendiendo entre Isla de Cabras y Punta Salinas, para luego caer al mar “causando un chispotazo hacia arriba”. La profundidad del mar en el área del accidente es aproximadamente entre 1,800 y 2,100 pies de profundidad, según el reporte del incidente de la Guardia Costera.

Rápidamente, el comandante encargado de búsqueda y rescate puso a disposición todos los recursos de la Guardia Costera, incluyendo embarcaciones de superficie hasta aeronaves. Desde la estación aérea naval adyacente, el comandante de la sección aérea de la Guardia Costera dio la orden de sonar la alarma de emergencia, para que la tripulación de la aeronave de alerta en servicio se dirigiera al área del desastre. 


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Aunque la visibilidad en el área de búsqueda era buena, el oleaje estaba muy fuerte, lo que dificultó mucho la detección de objetos en las aguas del océano al personal de búsqueda y rescate. Desde un helicóptero, los miembros de la tripulación aérea de la guardia costanera localizaron lo que parecía ser una mancha de aceite con varios objetos brillantes, pero sin signos de un avión, escombros o, lo que es más importante, sobrevivientes. De repente, se vio un parche de humo naranja, el tipo utilizado con balsas salvavidas inflables para aviones. Finalmente, la guardia costanera, llegó a la dramática escena para ayudar.

El teniente a cargo de la búsqueda había localizado una balsa salvavidas con trece sobrevivientes a bordo. Luego se avistaron dos sobrevivientes adicionales. Flotadores de humo y marcadores de colorantes fluorescentes cayeron rápidamente en la escena para marcar mejor la ubicación de los sobrevivientes en las aguas del océano. No se pudo establecer contacto por radio, así que las señales de mano informaron a los sobrevivientes que el rescate estaba en camino. El helicóptero les tiró unas balsas inflables y luego apareció una embarcación de la Guardia Costera con un pequeño bote que se acercó a las balsas y con una soga los fueron remolcado hasta la embarcación.

El niño Mark Van Daglen de Minnesota en una ambulancia militar (US Department of Defense / AGPR)

Aparentemente, los viajeros no estaban debidamente orientados sobre cómo usar los salvavidas que estaban debajo del asiento. Las 17 personas que pudieron salvarse, incluyendo a toda la tripulación, tenían los chalecos puestos y sabían nadar. Según los testimonios de los sobrevivientes a las autoridades, todos lucharon desesperadamente por sobrevivir. Como muchos de ellos no llevaban los salvavidas puestos, pues se aguantaban de otros para tratar de mantenerse a flote. Según uno de los testimonios, por un periodo de cinco minutos, dos hombres que se estaban ahogando se agarraron uno al otro y lucharon hundiéndose mutuamente, pero uno de ellos, que no sabía nadar le pidió que lo soltara, ya “que se iba a morir, porque se estaba poniendo negro”. Otra sobreviviente, le suplicó por ayuda a un miembro de la tripulación, pero este “se echó a reír y le dijo adiós”. 

Luego de la operación de búsqueda y rescate por parte de la Guardia Costanera, llevaron a los sobrevivientes a los hospitales más cercanos, algunos al Hospital Rodríguez en el antiguo cuartel de Ballajá en el Viejo San Juan y a otros al Hospital Presbiteriano en el Condado.  Por su parte, los cadáveres de los desafortunados pasajeros fueron transportados a la Escuela de Medicina Tropical de la Universidad de Puerto Rico, donde le hicieron las autopsias correspondientes.

Inicialmente, las causas de este accidente fueron adjudicadas a un inadecuado mantenimiento por parte de la compañía que no reemplazó el motor número 3 cuando ya había fallado otras veces, y a la persistente acción del capitán de tratar de ganar altura sin contar con la potencia necesaria en un motor y la pérdida total en el otro. Posteriormente, se determinó que estos fallos fueron ocasionados por defectos en las partes (piezas) y en el mantenimiento de éstas. Y con esta determinación, el piloto fue exonerado de culpa. Según el informe del comité que investigó este accidente, la evaluación de la punta del avión reveló que el aceite que fluía en esa área estaba contaminado con partículas metálicas. 

Cabe destacar, que los viajeros que el día anterior llegaron de Nueva York en este mismo avión declararon a Zoilo Dueño González, fiscal encargado de la investigación de este siniestro, que lograron aterrizar con mucha dificultad a pesar de las fallas que presentaba esta nave en el motor número 3. Por cierto, el informe del comité investigador reveló, además, varias observaciones de irregularidades en el funcionamiento de la nave en vuelos anteriores al del 11 de abril de 1952 de San Juan a Nueva York. 


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Entre los sobrevivientes de esta tragedia, además de los cinco miembros de la tripulación, estaba Enrique García, a quien la furia de las olas le arrebató de sus brazos a su pequeño niño de siete meses, y Victoria Riera de León, que sabía nadar y según sus propias palabras, pudo mantener la calma en todo momento y rescató a un niñito que estaba flotando en el mar, cuyos padres se habían ahogado. 

Personas de todas las edades, unos regresando a sus hogares, algunos saliendo de vacaciones y otros buscando un mejor porvenir, se montaron en este avión al mediodía del Viernes Santo de 1952, con la esperanza que iban a llegar a su destino, pero en cuestión de minutos todo se convirtió en una total pesadilla para los pasajeros del avión, sus familiares y el resto de todo Puerto Rico. 

La tragedia y la tradición religiosa

Desde tiempos inmemoriales, además de la religión, las supersticiones y creencias en lo sobrenatural, han estado presentes en nuestra cultura puertorriqueña. Nuestros antepasados se regían por ellas al momento de realizar o celebrar algún evento particular. Por ejemplo, la época de cuaresma que precedía la Semana Santa era observada con gran respeto y devoción a partir del miércoles de cenizas y durante los cuarenta días previos a la Semana Mayor, el ambiente se vestía de total solemnidad. Las comidas eran más frugales y sencillas para practicar el ayuno, los viernes no se podía comer carne, y se realizaban variadas actividades religiosas de acuerdo con la religiosidad de la temporada. 

Una embarcación privada llegando al puerto de la Guardia Costanera con el cuerpo de una pasajera fallecida (US Department of Defense / AGPR)

Al llegar la Semana Santa, las tareas fuertes del hogar tales como lavar y planchar ropa, limpiar y preparar las comidas, se realizaban de lunes a miércoles para dedicar el jueves y viernes Santos a visitar la Iglesia. Esta tradición fue alterada en aquel viernes santo del 1952, cuando lamentablemente sucedió esta desgracia aérea. El pueblo puertorriqueño, arraigado en sus costumbres y tradiciones interpretó este accidente -en aquel entonces- como un “castigo de Dios” por no guardar la solemnidad de ese Viernes Santo. 

En recordación de esta tragedia, el compositor puertorriqueño Rafael Hernández escribió la canción Tragedia del Viernes Santo, que popularizada por el Trío Vegabajeño se convirtió en el Himno Conmemorativo de la misma.

Un cuerpo de una mujer es colocado en una ambulancia en la base de la Guardia Costera (US Department of Defense / AGPR)

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